“Lorem ipsum (abreviadamente, lipsum)
es el texto que se usa habitualmente en diseño gráfico en demostraciones de
tipografías o de borradores de diseño para probar el diseño visual antes de
insertar el texto final. En este caso se le conoce también como greeking
en inglés […] Existen múltiples variantes del texto original [una copia
de la obra de Cicerón De finibus bonorum et malorum (Sobre los
límites del bien y del mal)], algunas casi sin parecido con él. Estas
versiones incluyen letras adicionales que no son comunes en latín (como la k, w
y z) o palabras sin sentido como zzril, takimata y gubeergren que
intentan hacer la distribución aún más parecida al inglés.” (Wikipedia)Neque porro quisquam est qui dolorem ipsum quia dolor
sit amet, consectetur, adipisci velit (*)
Cicerón
Por una convención tipográfica se suele reproducir el
texto de Cicerón, tan triturado por los generadores de textos informáticos,
así, con negritas para lo que se utiliza como muestra. El famoso “Lorem
ipsum” de los tipógrafos en realidad proviene pues de la frase “dolorem
ipsum”. Aunque el uso del texto ciceroniano al parecer se remonta a la cuna
de los impresos, al año 1500, aprovecho para decir que a la moderna tipografía
le pasa un poco como al pan. Nunca había habido tantas panaderías y tanto
pan acabado de “hacer”, pero cada vez es más difícil encontrar pan pan
y sin que haya que pedir un crédito hipotecario.
A mí me pasa un poco como a Zenódoto de Éfeso, que
por cierto era el pueblo donde suele decirse que nació la madre de Jesús de
Nazaret. Pero yendo a lo que íbamos, Zenódoto fue llamado por Luciano el
“látigo de Homero”. Zenódoto fue uno de los primeros críticos textuales,
helenísticos, de Homero, un trasmisor que obelizó (—) y atetizó (*) muchos
versos del poeta que consideró apócrifos. No consigo armonizar lo que apunta San
Isidoro en sus Etimologías sobre los signos en la edición de los
textos escritos y lo que se dice en la actualidad, pero está claro que el obelo
servía para indicar un verso dudoso o sospechoso de ser apócrifo, mientras que
el ceraunio (*) atetizador o atetizante indicaba todo un párrafo obelizado (—).
El asterisco (※)
servía según Isidoro para indicar una omisión, pero según Gaspar Morocho en Aristófanes
indicaba los pasajes que no tenían sentido o bien cuando éste era incompleto y
en Aristarco señalaba un verso incorrecto repetido en otro lugar.
Yo utilizo el ceraunio, que llamamos actualmente asterisco, mucho, pero
como flor o para señalar una frase importante. Las negritas las uso como
Umbral.
Lo que ya me llena de confusión y
arranca desde el fondo de mi ignorancia enorme una náusea vital mayor es “ver”
que el asuterisuku japonés (*) comparte
características con el ceraunio (※) o komejirushi (lit. “signo del arroz”). A ver quien
es la guapa que dice que lo que hay delante de “A la flor del berro” no es un
asterisco, sino un ceraunio para atetizar. Un arma o instrumento de la crítica
textual como lo fue el obelo o látigo de Zenódoto, que fue el “látigo de
Homero”.
Aristarco de Samotracia, Zenódoto de
Éfeso, Marco Tulio Cicerón, María, San Isidoro y hasta Alberto Blecua en pleno
no serían capaces de prever lo que ha dado de sí el uso del lorem ipsum
tipográfico en manos de aficionados a la tipografía y lo que ha dado de sí el
copiar-pegar de los procesadores de textos. Aparte de darse casos que
sentaron jurisprudencia –como el libro que escribió o copió Ana Rosa Quintana
sin querer, al parecer por hacerse un lío informático de archivos su ayudante
[sic]-, está el uso a diestro y siniestro de copiar bloques de texto como si
escribir fuera eso. Como si argumentar fuera o fuese omitir párrafos que no
apuntan a nuestra conclusión, utilizar fuera de contexto frases de
efecto y dar el orden caprichoso y cosmético de un collage a un texto, cuando
en realidad los textos tienen su piedra angular como las personas tienen
un corazoncito.
(*) La traducción que encuentro en internet es: “A nadie le
gusta el dolor para sí mismo, o lo busca y desea tenerlo, apenas porque es
dolor…”
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