A
Salvador
Creo que de todos los cánceres
posibles el peor no es el del tabaquismo o el de los inocentes
o el de algún lugar del cuello, sino los que suelen padecer las actrices de Isabel
Coixet. Le llegué a tomar una cierta aprensión a Verdi porque en sus óperas
siempre tiene que llorar la protagonista femenina, como cima de un clímax
mórbido con el que no puedo simpatizar ni empatizar ni nada. Incluso había en
algún acto un barítono o un bajo que animaban el llanto de la soprano ("Piange,
piange") como para expiar no sé que terribles errores u
horrores o regodearse en todos ellos.
El cine nos ha acostumbrado a reconocer
algo que los expertos en lenguaje no verbal
tipificaron en cuatro clases: la distancia que se produce entre el que habla y
un auditorio grande, la distancia entre los
miembros de un grupo social más pequeño y cohesionado, la que hay entre dos
personas que guardan un trato cortés pero que se relacionan estrictamente a un
metro de distancia, y la distancia inferior a 30 centímetros
que existe entre dos personas que se tratan íntimamente. No es que quiera
proponer ni mucho menos aplicar esta clasificación a todo relato. Pero sí
afirmo que un relato literario o cinematográfico en que todas los personajes se
vieran a 60 metros de distancia o todos a 6 centímetros, sería pesado de
sobrellevar. Al menos a mí me lo parece. Y quiero hacer constar que tales aberraciones
ópticas ocurren más de lo que se pudiera esperar. El escenario
teatral salva sus limitaciones de campo visual por medio de las agrupaciones de
las figuras. Se reúnen, se dispersan, etcétera. El cine puede recurrir a muchos
más recursos, desde la panorámica hasta el plano picado de un detalle.
Visconti, que era un escenógrafo además de director de cine, dejó unos
fotogramas que ilustran muy bien los diferentes planos, además de la batalla de
pictografía, el gran baile y el escote. La suite para violonchelo de Bach que
encabeza los primeros fotogramas de La
caduta degli dei (que no hay que confundir con El crepúsculo de los dioses,
de B. Wilder, excelente también) nos imponen la presencia inusitada de la
cámara. El obstinato coincide con el paseo de la cámara del
cineasta planeando sobre la sala en que se inicia la primera escena. Visconti
no desechó el fru-fru de los vestidos
decimononos y sin embargo el afeitado de Burt Lancaster en Il
gattopardo no precisó del primerísimo primer plano.
De Orlando (Sally Potter, 1992) me gustaron
mucho dos cosas. Una fue la recreación de uno de los fragmentos más
inolvidables de la novela homónima, de Virginia Woolf:
"La Gran Helada fue, los
historiadores lo dicen, la más severa que ha afligido estas islas. Los pájaros
se helaban en el aire y se venían al suelo como una piedra. En Norwich una
aldeana rozagante quiso cruzar la calle y, al azotarla el viento helado en la
esquina, varios testigos presenciales vieron que se hizo polvo y fue aventada
sobre los techos. [...]
Cerca el Puente de Londres, donde el
río estaba helado hasta unas veinte brazas de profundidad, se veía claramente
un bote en el fondo, donde había naufragado el último otoño, cargado de
manzanas. La vieja del bote, que traía su fruta al mercado de la ribera de
Surrey, estaba sentada entre su guardainfante y sus chales con la falda llena
de manzanas, como si fuera a atender a un cliente, aunque cierto tinte azulado
de los labios insinuaba la verdad".
La segunda cosa que me gustó fue cada
vez que Tilda Swinton, la protagonista, tal vez coincidiendo con sus
transformaciones sucesivas en hombre y en mujer, miraba
hacia la cámara pero no a la cámara sino como si mirase a
alguien, a cada uno de nosotros y no a todos. De hecho parecía que consiguiera
traspasar la ficción y el tiempo y conectar con el aquí y el ahora. Creo que no
hay nada igual.
La imagen del post de hoy es un
fotocromo del castillo de Neuschwanstein,
construido gracias a Luis II de Baviera en homenaje a Richard Wagner. Para mí
es un ejemplo del hallazgo del plano perfecto. Tomado de lejos o más cerca no
tiene nada que ver. Ese castillo está catalogado como folly, que es tanto como decir
que no tiene valor arquitectónico funcional alguno, que es un edificio
construido con el único objeto de realzar un paisaje. El castillo
de Luis II inspiró el de la Bella
Durmiente y el de la Cenicienta Walt Disney, que no son menos sugestivos.
Aunque en general condeno los cachivaches y los objetos inútiles, aunque no
llego a comprender en toda su plenitud qué aportan los castillos
de arena, las figuras de hielo y las catedrales
hechas con palillos planos o chapas de
cerveza, reconozco que me parecen tremendamente emocionantes
algunas construcciones visionarias y algunos montajes de cartón
piedra. No todos. Como se dice en Galicia, "o que e tolo,
e do meolo" (el que está loco lo está de raíz). A ver: a mí el castillo de
Disneyland París y el lago de Winnie the Pooh
me parece una gozada sólo comparable al almacén del Servicio Estación o o el de
la Bauhaus (las mayores ferreterías de Barcelona). Y el castillo de
Neuschwanstein así, a esa exacta distancia, me parece irresistible. Incluso me
parece impresionante el Palais
idéal que fue construyendo Ferdinand Cheval a finales del siglo
XIX y durante 33 años con las piedras que iba recogiendo cada día durante su
jornada como cartero. El palacio
ideal recuerda a los templos hinduistas, abigarrado, denso, como hecho de
mortero y meteoros de estrellas que están más allá de las piedras de cantería,
de Neuschwanstein, de los quijarros humildes y de los cantos rodados de que
hablaba León Felipe, de los materiales de Man (Manfried Grädringer), el eremita
de Camelle, y de los pájaros congelados de la Woolf.

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