4/11/25

La tiza líquida amarilla

 


 

e ha vuelto a resucitar el tema de la publicidad del alcohol, como otro de esos temas zombie que cíclicamente se avivan como si nunca hubieran sido tratados y superados con un acuerdo de partes. Es de la mayor hipocresía meterse con los bares regentados por pequeños o medianos emprendedores, cuando vemos desplegarse unas lonas enormes cubriendo edificios de 5 o 10 plantas con publicidad totalmente cuestionable de productos innecesarios y explotación infantil. 

Hace un tiempo, en la década pasada, vi que un bar tenía en la terraza unas sombrillas con la marca de Estrella de Galicia enmascarada con un remiendito blanco, como si hubieran aceptado el regalo pero no promocionar la marca. O porque temían el boicot. Hace tiempo que vengo observando que en algunos supermercados de Barcelona se da preferencia a Estrella Damm y otras cervezas se colocan en estantes menos atractivos o por encima de la cabeza, o poco visibles. Son estrategias de mercadotecnia que tienen sus consecuencias, no son en vano. De la misma manera que en las ferias internacionales o nacionales se favorece a determinadas firmas, en el panorama comercial más reducido también es fácil apreciar iniquidades.

Pensando mal, y seguramente acertando, me atrevo a aventurar que la razón de ser de la retirada de la publicidad del alcohol en el escenario donde se consume en público, es más que una campaña de salud preventiva, una guerra de marcas. Es decir, probablemente la publicidad se dispara en algunas firmas, otras las siguen y hay como una rivalidad entre las marcas que hace que se denuncien esas prácticas de propaganda.

Recuerdo haber visto en Alemania unos letreros en las cervecerías realmente preciosos, y supongo que muchos de ellos eran antiguos. Creo que eso era especialmente en Düsseldorf. Que sean atractivos indudablemente hace más tentador el producto que se ofrece y a nadie se le ocurrirá darle la imagen de una marca de lejía ni de un jarabe contra la tos, cosa que además lo normal es que estuviera prohibido. Por lo que sea asociamos la cerveza al cristal ámbar o incluso marrón y a las etiquetas donde hay algo dorado, algo verde o algo rojo. Tuvieron que dejar el azul para la cerveza sin alcohol, porque los otros colores ya estaban "cogidos". Pero, Dios no lo quiera, no es difícil que se persiga esa imagen acendrada o se le introduzcan mensajes como el que domina la cajetilla de los cigarros hace años: "FUMAR PUEDE MATAR". Como decía mi madre, "le puede a uno matar la patada de un conejo".

Las imágenes de hoy son de 3 establecimientos españoles. El primero es de un bar de Barcelona y las otras dos son de 2 casas de comida de pueblo creo que del sur. Siento no poder aportar la fuente porque considero que son fotografías de gran valor documental y no me las quisiera apropiar sin más. Ya hace tiempo que iba detrás de la foto del bar Lourdes pero siempre tiene algún coche aparcado en su misma acera, que es estrechina. La fotografía que tomé el sábado quedó un poco mal contrastada por la falta de luz natural y artificial en la calle. Era temprano; ni fusco ni lusco.

El barrio mío se ha llenado de cafeterías de cadenas como Vivari, 365, Audrey, Granier, Santagloria, El Fornet, etc. Algunas son grandes, con wifi, con precios bastante por debajo de los de otros sitios, y tienen todas ellas el mismo o parecido decorado. Supongo que el hecho de repetir el decorado hace que se minimicen las labores de inspección y esas cosas, que además estos servicios pueden asumir con toda tranquilidad porque tienen bastante poder. Las macropanaderías, como también se les llama, se comen a los bares de toda la vida, donde en un principio era raro ver a mujeres.

En la actualidad es fácil ver adolescentes que usan las macropanaderías como una cosa entre sala de estudio y patio de recreo, porque allí pueden "convivir" con sus amigos y no hay las normas de una biblioteca. Se pasan horas. Lo mismo los grupitos de mujeres de la tercera edad, que consumen bollería y un café o una infusión, cosa que les va a subir como mucho 3 euros y que les da la libertad de pasar dos horas sentadas fresquitas o calentitas con sus amigas. Hace unos años no veías nunca a las señoras en las cafeterías.

Servidora aborrece ese modelo de relación social y de consumo. A decir verdad hace unos 20 días tuve que usar un 365 porque una amiga que va en o con silla de ruedas ─depende de como se encuentre─ no puede ya acceder a la cafetería donde siempre nos reuníamos, que en realidad tiene un desnivel de 2 centímetros. Prefiero de ordinario dar un largo paseo y si acaso detenerme en una cafetería de las que aún quedan, donde poder tomar un café y usar el baño.

Por alguna razón que se me oculta hay personas que prefieren ir a la cafetería de una cadena antes que entrar en un sitio donde tal vez porque no sabes qué te van a cobrar o cómo funciona, te ves un poco cohibida. Y sin embargo hay la alternativa que si llamo "cuqui" todo el mundo sabrá a qué me refiero, donde es muy posible que nos cobren el cortado, las ganas y hasta los 2 centímetros de menos. Una macropanadería ya sabemos cómo funciona (pides en caja y te llevas tu consumición en una bandeja que muy limpia no estará y te la llevas a una mesa que tampoco). Pretender encontrar un baño en funcionamiento y limpio eso ya es harina de otro costal. Y el caso es que no vas a reclamar porque sabes que el personal está explotado y cansado.

Cuando al lado de una macropanadería abren otra nueva, la parroquia se mueve, porque a la parroquia le encanta la novedad. 

De jovencilla iba al bar Alegría (en la Gran Via) con los compañeros de mi curso. Jugábamos al flipper y nos tomábamos un quinto entre cuatro. Cuando iba sola, iba a una cafetería que quedaba en Portal de l'Àngel justo enfrente de la Fuente de Santa Ana, cuando el Portal cambia de nombre a Carrer de la Cucurulla. Ahí me estudié la Crítica de la razón pura kantiana. No salió en las P.A.A.U. Cuando ese bar echó la puerta abrió una tienda, luego otra y después ya perdí la cuenta. Ahora hay un Mango, otra cadena. Todo son cadenas.

Las cafeterías "cuquis" me dan hasta coraje, antes prefiero meterme en el chill out de un hotel frecuentado por la comunidad GTBI, desde donde por lo menos hay vistas y cava aunque los asientos sean tirando a bajos. Los chill out suelen tener unos baños muy espaciosos. 

Me sabe mal que se extingan los bares Lourdes, con su barra con tortilla de patatas y ensaladilla rusa o aceitunas, y su tragaperras y esos hombres que también se están extinguiendo aunque ya no pueden fumar. Para mí el color amarillo no es el de Vermeer, es el de la rotulería con tiza líquida con las tapas, en el vidrio de los bares. O temporas o mores.


Foto recogida de internet

Foto recogida de internet

(c)SafeCreative *2511043584283 (para la fotografía firmada y el texto)