ealmente, cuando una mira la galería de dioses navahos, cuesta alcanzar a decir algo que esté a su altura. Como nuestro imaginario está atiborrado de la mitología griega, latina, egipcia y hasta hindú, como nuestros sentidos están adormecidos por la abrumadora abundancia de ladies gagas, penélopes cruces y reinonas petardas de más o menos pelo, descubrir las imágenes de una divinidad en estado puro, como una fuerza de la naturaleza encarnada, es en dos palabras im presionante. Pero es obvio que a estas alturas de la película no me voy a hacer navaha ni nada que se le parezca. Otra cosa es que de todo el saber ancestral el chamanismo y la espiritualidad de los nativos norteamericanos son para mí los que mejor conservan la esencia del poder de la naturaleza. Lo que pueda quedar en Europa ha pasado a formar parte del patrimonio folklórico y el costumbrismo, por lo tanto está desprovisto de lo fundamental, que es la fuerza, un vigor que proviene mismamente de los elementos.
Aunque no
es primera página en la prensa ni lo será, hace años que las cifras de
suicidios de los escasos indígenas que van quedando en el Amazonas,
especialmente los de jóvenes, son desnudamente toda una afirmación sobre el
desnortamiento de la humanidad y su afán de explotación. Los indios se suicidan
cuando son desterrados y cuando ven que sin
sus tierras sus vidas no tienen
sentido. Eso se lo cuentan a quien se compró el último I-Phone, o tiene un
BMW, o a quien cada vez que fusiona
dos empresas se lleva un 10-20% de la operación o pasa sus vacaciones en un resort virginal del Pacífico, y lo ven
absurdo, por no decir "pesimista"
y negativo, dos palabras que son inconcebibles en la selva,
tanto como lo es un jamón en Decathlon o un
taquillón rústico en Ikea. El pesimismo y la negatividad son enfermedades
nuestras, son nuestras neurosis. Que en tiempos de Walt Whitman -un poeta tan vitalista, o el que más- hubieran 70 o
90 millones de bisontes campando por las verdes praderas, y una barbaridad de
uapitís o alces negros, nos da una idea de la labor de la civilización en
aquellas tierras, donde para cuando T. S. Eliot publicó La tierra baldía no quedarían más de 258. Y no digo millones, digo
258 bisontes. Aunque hubiera dinero, que no lo hay, para que los chicos indios
amazónicos tuvieran cada cual su BMW, su parejita, su Forlady, sus vacaciones pagadas, sus chándales, sus bisteques, me
temo que no tienen depositada en esas fruslerías su felicidad y mucho menos su
dignidad.
Cuando
ayer alguien me reprendía por mi rareza de no querer wasap, le dije, "huy,
pues si supieras que tampoco me gustan los tomates transgénicos, ni los coches,
ni tantas cosas..." Y el cebollino. Qué pesados con el cebollino, hombre.
Que se lo metan ya saben donde.
La imagen
de hoy, un hombre vestido como una abeto,
pero no camuflado, que se arroga la divinidad del agua, de la que tanto
dependemos, un elemento tan cambiante, que lo mismo puede ser frío que caliente
que tibio, sólido o líquido, claro u oscuro, temible y amable, empodrecedor o
purificador. Es una imagen tan poderosa y al mismo tiempo tan simple que -como
digo- me ahorra palabras. O al menos a mí me lo parece.
De cuando
en vez vuelvo a los arquetipos del Tarot.
Hace poco estuve mirando con detenimiento el arcano de La Justicia, que es en sí una alegoría de una virtud cardinal, no
como El Loco o La Estrella, otros dos arcanos que me gustan mucho. En la
balanza se contrapesan no ya nuestro debe y nuestro haber sino la realidad que
trasluce aquello de que "el que esté
libre de culpa que eche la primera
piedra" (Juan 8:7). Hay varias maneras de que nos demos por enterados
de que hacemos algo mal: porque nos
lo advierte alguien (sea desde el afecto o desde la hostilidad), porque lo
vemos en otros y si recapacitamos nos damos cuenta de que obramos igual, y 3)
porque actúen de esa forma con nosotros. No creo que la vida se empeñe en
repartir lecciones a diestra y
siniestra ni que haya una inteligencia cósmica justiciera con su libro de
contabilidad puesto al día por hordas de contables resentidos y puñeteros. Más
bien creo que todos somos bastante
iguales. Hay unos que son mejores que otros, y luego están los malos
malísimos y los buenos buenísimos, pero nadie se libra de equivocarse. Y no
creo que la venganza le devuelva la razón, ni la paz ni la alegría a nadie.
En la sentencia del Tribunal de Estrasburgo, formado por universitarios que apenas han trabajado en el mundo real de la Justicia, se revisó la Doctrina Parot de una forma que muchos se han apresurado a condenar. por el terrible disgusto que les causa a las víctimas y/o a sus familiares, ya de por sí desconsolados. Otros hablan también de que el perdón (por parte de las víctimas y/o sus familiares y allegados) tiene que ser la opción política ante el futuro. Que sin ese futuro no hay política o que sin esa política no hay futuro. Perdonen que juegue con los palabras. Claro está que a las víctimas se les abren las carnes cada vez que ven sueltos a los asesinos y los violadores, que es pedirles algo muy por encima o por fuera o por dentro de sus posibilidades. Yo no quisiera verme en la piel de esas personas que tanto han sufrido, ni en la de los que han revisado la doctrina Parot tampoco. Veremos que nos dirá el tiempo, cuyas sentencias son menos locuaces pero muy elocuentes.
Tó Neinilii o "Tonenili", dios navajo del agua (Library of Congress). Foto: Edward S. Curtis (1905)

