En mi segunda infancia me gustaba después de la comida central del
día, mascar un pedacito de pastilla de caldo Avecrem, cosa digna de señalar
porque la carne no la podía ver ni en pintura. Supongo que mis padres hicieron
la vista gorda precisamente por mis dificultades para ingerir bistecs de
ternera y demás. Como hice de pinche de un cocinero chino en mi voluntariado
durante un mes en Toronto el año del conejo de 1999, puedo decir y digo que en
la gastronomía china hay todo tipo de alimentos. Es una cocina prodigiosa y mal
valorada. De hecho creo que fue Álvaro Cunqueiro -un escritor que parece
haberse olvidado bajo el palio de todas las ínfulas de tanto escritor tipo
IESE-Badson y demás-, fue él, digo, quien dijo que los chinos y los gallegos
nos parecíamos en eso, en que nos lo comíamos todo. A ver: todo todo no. Todo
no. Pero es que con el Génesis en la mano los judíos ortodoxos no pueden
comer ni marisco ni pulpo ni mejillones ni cerdo ni muchas cosas. Cosa que me
recuerda una frase del padre de un amigo mío, hippy, que decía: "Cuantos
más homosexuales y vegetarianos, mejor para nosotros". Espero de
verdad que nadie se tome a mal ni lo de que los chinos y los gallegos se lo
comen todo ni la última frase, porque si ya no podemos decir eso es que ya no
se puede decir nada. Se dice con todo el respeto por los cerdos, por los
chinos, por los gallegos, por los hippies, por los vegetarianos y por los
homosexuales.
Y total el llamado amarillo indio tal y como viene señalado en la
Wikipedia yo no lo veo exactamente en los maestros flamencos ni en ese pareo
que hoy me compré por 6 euros en Índigo [enlace roto], una tienda que importa ropa del
gigante asiático y algo de Etiopía. El llamado amarillo indio en la Wikipedia
es como el que aparece con el verde y el blanco en su bandera, calabaza claro.
Y el amarillo caca de oca no sé si es bien bien el de Vermeer y el de mi pareo.
Por cierto, aprovecho para ofrecerles la escala de heces de Bristol, por si les pudiera ser de utilidad en alguna
ocasión, aunque es una tipología que se ordena por texturas o consistencias y
no por tonos. Las reproducciones del célebre cuadro de "La lechera"
que me devuelve Google tienen unos tonos como los de los colores del parchís y
la cultura cretomicénica, cuando en verdad yo recuerdo un amarillo más
fermentadillo él, con un punto agrio y otro luminoso. Las imágenes
digitalizadas adquirieron un matiz como cúrcuma y algo opaco. Si yo no sé
porqué me mato, un día de estos fotografiaré el paño a la luz del día y verán
ustedes. Ahora, que como encuentre el nombre exacto del color...
Dedico el título de mi entrada de hoy a invertir esa disciplina que se da en llamar "Gestión del conocimiento", habida cuenta de que a lo largo de mi vida -dedicada a la búsqueda de la humildad y la no-violencia- no he conseguido avanzar un solo paso. Incluso se diría a veces que voy a peor, que en todo caso hago como aquellos coches que ruedan en su socavón y profundizan en un agujero del que difícilmente saldrán como no les empujen o arrastren. Paciencia.

