emanas atrás me pesaba la sensación de tener todo mi tiempo ocupado en trabajar, atender a mi madre, descansar, comer, trabajar, atendera mi madre, descansar, comer, y así siempre. Así que el confinamiento para mí ha sido en gran parte algo deseado, aunque estoy trabajando semana sí, semana no. Es ideal para mi manía de la responsabilidad ética poder trabajar, aunque no soy propiamente esencial y solo ayudo a los que sí lo son. Otra cosa es el horror que me inspira el panorama que hemos levantado entre unos y otros, y la intranquilidad que me provoca el escenario económico que nos va a quedar. El parón de la actividad empresarial, en especial la que depende del turismo, no puede tener consecuencias inmediatas temibles, pero las consecuencias a medio plazo sí lo son.
Ayer una amiga investigadora me pasó un texto que no sé si le van a publicar sobre la pandemia y su relación con la estabulación intensiva y los mercados asiáticos de animales vivos. Le he sugerido que lo ofrezca a algún periódico de la prensa generalista, pero me temo que el texto lo tiene comprometido y por tanto encallado. Me comenta que no introduce ninguna idea nueva, y es cierto. De hecho hasta Frank Cuesta hace más de un mes ya hablaba con Federico Jiménez Losantos de los pangolines. Resalta el silencio de los científicos, investigadores, médicos, biólogos, veterinarios y demás profesionales relacionados con la salud. Eso al lado de la teoría conspiranoica de que es la propia ciencia la que ha estado desarrollando virus de laboratorio, teoría que nos haría clamar por una sociedad donde lejos de haber más ciencia querríamos menos ciencia. Los científicos o los investigadores comunican sus logros y sus hallazgos pero en general no parece que se impliquen con la realidadsocial y económica. En realidad sus detractores al verse atacados por su quehacer alternativo suelen esgrimir que las profesiones de la salud apoyan la industria farmacéutica. Todo son palabras gruesas, todo es demasiado denso.
Como estos días he vivido con el alivio de que me llegaba el día para hacer todas las cosas que quería hacer, hasta he pensado mucho. O habría que decir que he pensado poco pero en un solo tema, que no es ni lo de los pangolines ni lo del turismo ni lo de los investigadores. He pensado en el famoso karma. Lo primero que pienso es en cómo se ha ido introduciendo la idea del karma en nuestros días, siendo como es una noción budista o hinduista. Tal vez por su exotismo y por estar desprovista de los matices negativos de la doctrina cristiana, se ha impuesto incluso en conversaciones tan accidentales como las que se mantienen en un ascensor. Está mal visto invocar a Santa María, pero si recurrimos al karma como broche de una frase quedamos hasta bien.
La idea de que quien mal anda mal acaba, o de quien a hierro mata a hierro muere (Qui gladio ferit gladio perit) no es oriental en exclusiva, lo que es oriental es aplicarla a la reencarnación. Así dicho de una vez y sin demasiado detenimiento. Pero reconociendo que las cosas son así, tampoco hay que descartar la suerte (tanto la mala como la buena). La teología católica mantiene la gracia y las virtudes infusas, con las que estoy más dispuesta a comulgar. Más que nada porque he presenciado demasiadas veces el engreimiento de quienes creen que el fruto de su esfuerzo es por su único mérito (Work, work, work) y la frustración de quienes trabajan para nada o para que se apropie de su trabajo otro más listo. Los del karma dirán que el fruto de los engreídos se verá más adelante, cuando se reencarnen en un pobre animalito encerrado en una jaula sucia. Como si un animalito además tiene que cargar con el alma de un desalmado.
Der Maler im Garten (Carl Spitzweg,1865-1870)
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