hora que vuelven a salir a la luz las fotografías de Milagros Caturla y revive una Barcelona que ya no existe, al menos en sus formas aparentes, pretendo desarrollar un poco el tema que anuncié en parte en el post anterior. Las expectativas. Como en la enciclopedia (Témporas) al ser sentimental no reparamos demasiado en el diccionario, casi nunca vamos a buscarlo para centrar un significado, pero en esta ocasión leeremos ─como si fuera en voz alta─: "Esperanza de realizar o conseguir algo" y "Posibilidad razonable de que algo suceda". La segunda acepción de la RAE me resulta muy llamativa por lo de "razonable", sobre todo porque la primera acepción lleva otra carga y en general el común de los hablantes será la que identificará como la más cercana al valor de la palabra. Una posibilidad razonable es toda una hipótesis fundamentada y con indicios de éxito o de manifestación, pero que además tiene un matiz de sensatez. De hecho, decir "expectativa razonable" desde mi punto de vista hasta reuniría dos ideas opuestas en muchas ocasiones, casi al punto del oxímoron.
Cuando
hablamos de expectativas hay que hablar de si vienen determinadas por intereses
o por deseos. Se dirá que tanto da, que
es lo mismo
una cosa que
otra. Pero tal
vez si doy
un ejemplo conseguiré
situar un poco
más el termino: Gran parte del
éxito profesional o amplificación de algunas personas depende de su agenda de
contactos y por lo tanto quien aspire a tener un reconocimiento cultivará una
buena red de seguidores y amigos y se forjará un colchón social. Ya hemos dicho
por aquí alguna vez que en un momento dado hay que valorar si se concede tiempo
y esfuerzo a las habilidades sociales o si directamente se está por la labor
que nos ocupa. No me refiero a escritores que
le confían su
proyección social al
editor o a
un agente y
pueden dedicarse a
escribir simplemente, sino a
aquellos que no cuentan con muchos medios y que dedican una parte de su tiempo
a ir a presentaciones de libros, animar clubes de lectura, etcétera. Me imagino
que el público que concurre a los clubes de lectura se verá animado a comprar o
leer (incluso las dos cosas) el libro o libros de la persona que los dirige,
aunque trate de otros libros. Y así se va cuajando piedra a piedra un público.
Me lo imagino sin dificultad alguna. Aunque el tema viene de antiguo
(recordamos el latín "Asinus asinum fricat" (un asno rasca a otro asno), en el presenta
se hace más patente por la gran
cantidad de escritores,
pintores, escultores, músicos,
etc. que aspiran
a ser reconocidos
o por lo
menos conocidos.
Se dirá que en la promoción hay tanto deseo como interés, pero a mi entender es "puro interés" y el deseo queda precisamente pervertido por las mañas del aprovechamiento. Y el provecho nos aleja del propósito del puro anhelo.
Esto mismo ocurre con otros temas que trufamos de expectativas. El mundo de la pareja por decir algo está lleno de expectativas. Nos movemos por el mundo como si fuéramos seres incompletos que necesitan tener y hacer muchas cosas: pareja, coche, viaje, cena, curso, libro, reloj, etcétera. El sector terciario vive de nuestras expectativas y contamina los otros sectores con sus maneras y perversiones. Y de la misma manera que no hay que confundir intereses y deseos, menos debemos confundir expectativas y deseos.
He
observado a mi alrededor parejas y amistades que se fraguan en una maraña de
expectativas tan inextricable que
se hace difícil
sin embargo distinguir
lo que es
interés de lo
que es amor.
Les exigimos a
quienes nos acompañan en
la vida que
sean de determinada
manera o cumplan
con una determinada
función y la
carta de derechos y obligaciones nos acaba por resultar tiránica, vacía,
asfixiante, absurda. Pero, repito, el mal de raíz es que nos consideramos
erróneamente incompletos, que confiamos nuestra felicidad o nuestra
tranquilidad a tener y a hacer y no tanto al ser y al sentir. Tanto es así que
incluso cuando en algún momento de desfallecimiento o lucidez nos damos
cuenta de que
algo anda mal,
recurrimos a alguien
que nos ayude:
un médico, un
psicólogo, un peluquero, lo que
sea. Claramente si algún peluquero nos hace una faena que no nos gusta o que
nos empeora, tendremos que recurrir a otro peluquero, y así en todo.
No
digo que no se pueda ir a la peluquería o al médico o que no se pueda hacer
voluntariado o ir a un restaurante con una pareja. Lo que digo es que no hay
que perder de vista lo que se es, lo esencial. Lo demás vendrá dado y en su
debido momento.
(c)SafeCreative 2212172888142

