esleal es aquel que desaparece cuando el camino es obscuro" me dice Cortana-Windows cuando le pido una cita de Tolkien que me ha ofrecido. No he leído nada de Tolkien, aunque a decir verdad creo recordar que empecé a leer El señor de los anillos porque me lo recomendó mi hermano y me lo prestó. No me enganchó y lo dejé. La cita tiene la rebaba de una traducción literal del inglés. La he buscado en su versión original, que es "Faithless is he that says farewell when the road darkens".
La fides latina tiene que ver con la lealtad y la confianza. Lealtad y fidelidad es una de esas parejas de palabras -como por ejemplo timidez y vergüenza, velocidad y tocino- sobre la que cualquier apreciación no etimológica es puro entretenimiento. Tal vez estoy dispuesta a usar la "timidez" como algo más elaborado y la "vergüenza" como algo más natural, menos domesticable. También uso la "fidelidad" como una virtud menos activa que la "lealtad", que en español proviene de "lex", pero que nos habla de una postura más comprometida. Sin embargo, ya digo que todo esto es hablar por hablar. Las palabras van a significar lo que decidamos. El diccionario de la RAE añade a "fiel" un elemento de constancia que no es menor.
Estas pinceladas me sirven para situar la fe a un plano que nada habla de intereses ni de aquello que nos mueve oque nos retiene con el objeto de conseguir algo que nos favorece. Es decir que aunque muchas veces las pasiones se ven acuciadas por el apego a una necesidad (real o irreal), la fe no guarda un deseo de alcanzar un beneficio o ganancia. Y precisamente lo interesante de la fe es que la rodea una oscuridad (como la que nos sugiere la frase de Tolkien) que es advertida y tal vez temida pero que no altera ni conmueve la confianza. Aunque parezca un definición en círculo, puesto que confianza incluye la palabra fe, admitamos que nos sirve para entender algo de lo que es esta virtud teologal católica.
En
la alegoría renacentista de De Pollaiolo aparece con un cáliz y una cruz, con
una pequeña desproporción entre la mitad
superior del cuerpo y la mitad inferior. Al parecer, esta pintura sobre madera
(de unos 2 metros de altura si mal
no recuerdo), al
estar colocada en
el grupo de
las 7 virtudes
y por encima
de la mirada,
mostraba esta desporporción para
parecer más imponente. Aunque los atributos de la alegoría sean los
que son y el detalle de pretender
infundir una impresión fuerte no sea menor, esos elementos tienen poco que ver
con la fe tal y como la entiendo yo. Es decir, la Fe del siglo
XV me dice bien poco de mi fe. Estaría más cercana la alegoría de Vermeer, que coincide con De Pollaiolo
en que la mujer mira hacia el cielo, hay un cáliz y una cruz (o dos, según se
mire). Vermeer añade dos elementos en los que he reparado, uno el de la
serpiente aplastada por la piedra angular y otro el de la manzana (de
Adán y Eva).
Incorporo un detalle de
la manzana por su perfección y originalidad
admirables. La primera vez que advertí
la manzana me llamó la atención cómo se destacaba la silueta de la marca de un
mordisco, como si hubiera sido desechada y arrojada, y el escorzo. Si Vermeer
hubiera representado la manzana de la manera habitual consabida (tal y como
colgaría de un árbol) el efecto no hubiera sido tan sugerente. O, mejor dicho,
una manzana en la que se hubiera mostrado abiertamente el mordisco habría
resultado como alegoría demasiado obvia y tal vez le hubiera quitado relevancia
a los dos elementos centrales (cáliz y cruz). Otro logro de Vermeer -donde cada pincelada lo es- es la inclusión
de un cuadro que representa la muerte de Cristo y que para mi pobre entender
representaría la oscuridad. Por no decir que añade un plano de profundidad
visual e iconográfico a la pintura y así le suma un
realismo que de
otra manera no
hubiera logrado. El
máximo nivel de
realismo es la
cortina, no tanto porque aparece en el primer plano o
porque los colores son más vivos o definidos, sino porque nos habla de algo
tangible, anclado en un momento presente y en un entorno social o familiar
concreto.
La
fe es algo que me constituye más que el hecho de haber nacido en España o ser
una mujer. No sabría decirlo deotra
manera. Dicen los que saben que la infunde el Espíritu Santo, con lo que nos
metemos en un jardín del que casi nada podría decir por ejemplo no ya a una
persona que profesara otra religión sino incluso a alguien de la mía. Mis
conocimientos sobre mi propia fe son escasos, a pesar de que admito que lo que
sé, aunque sea incomunicable, tiene vigor.
La fe
siempre me ha
acompañado en toda
mi vida y aunque, como
todo el mundo, he pasado por
horas, días, semanas, meses o
años ─incluso segundos─ calamitosos, no me ha abandonado jamás. La fe se hace
más presente cuanto mayor es la incertidumbre o la falta de claridad y de luz.
Por esta razón podría decirse que los que contamos con ella obtenemos de cada
sinsabor, por grande que sea, la constatación de la confianza. Y no hay en ello
nada penitencial o un
orgullo por exclusivismo.
Cuesta además decir
que una tiene
la certeza de
algo sin por
ello desmerecer las ideas de los demás. Ni me siento privilegiada ni
considero que lo que puedan creer los demás sea inferior o falso.
Por la
misma razón por
la que la
prisa me parece
absurda ante la
eternidad en la que vivimos y
ya no digamos morimos, la falta de fe me parece
absurda ante tantas certezas de luz.
"La alegoría de la fe" (Johannes Vermeer, 1670-1672). MET.
Detalle de manzana. "La alegoría de la
fe" (Johannes Vermeer, 1670-1672). MET.
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