Hoy en que se celebra o se condena nuestra Constitución Española de 1978, incluso quienes nunca la han leído, me parece oportuno incorporar este retalito de la historia de las mujeres, sobre todo de las de mi género, ya que hay algunas que apenas se han liberado e incluso están más sometidas de lo que nunca hubieran podido imaginar hasta las jacobinas.
Además de los errores de foco o cortedad de miras, como el del invento del taragoñés Gil, hay errores semánticos como el de la copa de champagne inspirada en los pechos de la marquise de Pompadour (confundidos irreverentemente con los de la reina Marie-Antoinette d'Autriche). Pero entre todos los errores el peor es el de la hostilidad.
No hay absolutamente nada de lo que yo me haya lamentado en esta vida de lo que pueda decir que estoy libre de culpa. Casi todas las faltas que yo hubiera podido recriminar, en mayor o en menor medida también podría admitir haberlas cometido. Naturalmente siempre existirá el grado y las circunstancias atenuantes aquellas que siempre tienen en cuenta los jueces.
Hace pocos días confesé haberle cambiado mi abanico por el suyo en una boda a otra invitada, porque nos los habían dejado como objeto de cortesía y creí que el que le había tocado a ella (color malva) me combinaba mejor con mi blusa (color aguamarina tirando a azul cadete). También podría confesar haber imprimido alguna cosa personal en mi trabajo o haber salido 30 minutos antes de mi hora alguna vez, aunque fuera excepcionalmente. Se dirá que son tonterías, pero si bien lo pensamos y en conciencia lo consideramos en todo cuanto pasa a nuestro alrededor veremos que sea por error o por horror o por omisión todos tenemos faltas, excepto los que delinquen.
Si hay alguna falta que intento evitar a toda costa es la hostilidad. Por lo menos en sus variantes de desprecio, ninguneo, abucheo, linchamiento, etc., y en lo que ahora llamamos "depredación". ¿Nos daremos cuenta de que no se puede vivir así? Hasta en los libros religiosos, no ya la Biblia, sino por ejemplo el Baghavad Gita, hay episodios de enfrentamiento a muerte, por causa más o menos razonables.
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Releo Job. Dicen, si me está permitido una expresión anacrónica, que era la lectura preferida de San Juan de la Cruz. Literariamente es una belleza. Lo suelo leer en español simplemente porque la letra de mi biblia de Montserrat, cuya traducción me parece mejor en casi todos los casos, es inalcanzable a mi perjudicada vista. Lo que va de "Hace estúpidos a los consejeros del país" a "Retira la paraula dels experts" es inasequible a mis pretensiones en este blog y a mis conocimientos de hebreo, nulos. Pertenece a la época áurea de la literatura judía y por lo tanto su traducción es complejísima, y porque es un libro sagrado.
La suerte de Job y todo el proceso al que le somete el demonio con permiso divino es un tema que no deja de ser actual. De ser un hombre pío se convierte en un hombre desesperado hasta que vuelve a aceptar que todo es como aquel que dice lo mismo. Ese efecto es asombrosamente aprovechado para la magna perversión de las puertas giratorias, y no estoy cayendo en un error semántico como el de las copas Pompadour.
Entre jacobinos, girondinos, ángeles, héroes, errores, víctimas y hostiles, es difícil que alguien como yo, que no está ni con los tirios ni con los troyanos, atraiga simpatías. Pero sé que las que obtuve están bien ganadas.


