"Spencer percibió en su sonrisa, así como
en sus palabras, aquella delicada ironía, tan característica ella,
que le parecía ver en la mitad de las cosas que decía.
Era una ironía carente de acritud,
cuyo origen exacto era una imaginación desbordante,
y nada tenía que ver con los sarcasmos baratos
que se oyen en boca de la mayoría de las
gentes que se mueven en la buena
sociedad, gentes que pugnan por labrarse
una reputación de inteligencia,
siendo así que ninguno la posee en
grado alguno"
Henry James, El rincón feliz
l error u horror fiscal
sobre las 13 fincas que supuestamente vendió la Infanta Doña Cristina de Borbón
me recordó uno parecido que tuvieron aquí en el catastro de Barcelona con mi
padre, al que le atribuyeron 5 pisos que nos costó Dios y ayuda probar que no
le pertenecían. Descubrimos el error por casualidad, al ir a comprobar otra
cuestión y recuerdo que el funcionario o eventual de turno ante nuestra
sorpresa o desconcierto usó una frase un tanto sarcástica. Mi madre les había
dicho desde su lado del mostrador: "Pero ¿cómo iba a tener mi marido 5
pisos?", a lo que el tipo repuso: "Ah ¿y usted qué sabe qué es lo que
tiene su marido por ahí?". Mi padre por aquel entonces lo que tenía
básicamente era un diagnóstico de Alzheimer firme, por lo que el comentario no
dejaba de traslucir además de lo que los anglosajones llaman "lack of
professionality" una consideración cafre y desafortunada.
Por lo que estoy oyendo
desde ayer en la radio el error sobre las supuestas propiedades de la Infanta
es semejante al que hubo con mi padre, al que le habían asignado 5 propiedades
por la sencilla razón de que el sistema informático había vinculado al nombre
de mi padre todos los pisos de contribuyentes que se llamaban igual y
cuyo DNI no había sido registrado o se había asimilado al
suyo. El caso es que este error no se podía no ya probar -que esa es otra
cuestión que nos entretuvo varios días- sino incluso rectificar, porque la
chapuza del sistema informático del otrora llamado catastro estaba y está más
blindado que un búnker de hormigón armado. Lo que no sé es si la opinión
pública será capaz de pensar más allá de la noticia de lo de la Infanta y ver
la cantidad de errores sistemáticos que hay o habrá por ahí. Excuso decir que
si los 5 propietarios de los 5 pisos que le atribuían a mi padre no hubieran
pagado sus contribuciones religiosamente Hacienda hubiera ejercido toda su
capacidad de apremio y embargo sin piedad y sin atender a lo que salta a la
vista, que tienen una plataforma informática que no es mejor que la del
ministerio de Información de la película Brazil (Terry
Gilliam, 1985). En la película una mosca cae en un informe durante su impresión
y hace que la palabra Buttle se transforme en Tuttle, nombre que se corresponde
con el de un terrorista. El desafortunado Archibald Buttle muere
durante su interrogatorio, si no recuerdo mal, de un infarto de miocardio.
Henry James (fotografía de William M. Vander Weyde)
Aunque estos días se
habla del adelgazamiento y racionalización de la Administración pública no
tengo ninguna fe en que se consiga nada e incluso creo que puede ser peor.
Aparte del cafrerío supuestamente irónico y la chapuza que tanto abundan, y a
los que más que referirme de lleno he apuntado y ejemplificado con un caso muy
particular, está la capacidad que tiene la función pública o funcionariado de
absorber o asimilarse parásitos, políticos e inútiles y molondros varios.
El administrado no distingue entre un funcionario de carrera, que ha accedido a
su puestecillo de trabajo tras superar una serie de pruebas a cual más absurda,
y un molondro enchufado. Además la administración tiende a crear
departamentos que acaba desatendiendo para crear otros que tienen exactamente
la misma función pero que lanza como el no va más del más allá entre
lluvias recias de purpurina y campañas de adelgazamiento burocrático y
modernez. Esos nuevos departamentos a su vez son olvidados y tenemos
varios departamentos inservibles cuya liquidación es improbable cuando no
imposible.
Sería injusto no
referirse a personas que acceden a la función pública para hacer el trabajo de
funcionarios públicos que están promocionados pero que no saben hacer el
trabajo por el que los han promocionado ("inertos", una fusión entre
el inepto reunionólogo y el inerte reunionista). En el mejor de los casos, esa
clase de profesionales que se ganan la vida cubriendo la ineptitud de los
injustamente promocionados "inertos" se ve de alguna manera
reconocida. Pero siempre crea un malentendido, el de que el enchufado
vicariante hace el trabajo de uno o varios funcionarios, cuando en
realidad lo que está haciendo es impedir que acceda a ese puesto un funcionario
que estando preparado para ejercer esa función nunca podrá aspirar a
desarrollarla porque eso supondría una amenaza para el que fue promocionado sin
tener prendas. No sé si me explico.
De manera que si el
Ejecutivo consigue metabolizar esa continua fuente de ironía y cafrerío,
y transformarla en algo con su cierta racionalidad, nos podríamos dar por
satisfechos, pero es cosa que no creo ni remotamente. Todo lo más, lo único que
el Gobierno de España puede pretender es que la proporción de cargos políticos
a dedo, esbirros y trabajitos chapucillas externalizados pagados como oro puro
sea algo menor de lo que viene siendo, algo asfixiante.


