Le robo el título a un poemario de Luis Cernuda para titular este nuevo post. Veo que recientemente ha habido en Forum Clínic una discusión en torno al Wishful Thinking, algo que he visto traducido por ahí como "pensamiento ilusorio" y que está en relación con la creencia o la idea de que pensar positivamente en algo y tener ideaciones de lo mejor ayuda a cambiar toda situación o a mejorarla, a fomentar la llamada "ley de atracción" del misticismo cuántico y el supermagufo Punset. En el foro se advierte del abuso del también llamado pensamiento positivo y de cómo puede arrojar de una desesperación a otra peor, la de quien se puede sentir responsable de todo lo que le pasa a quien se siente culpable.
Hace un tiempo leí en una entrevista a Ana Mª
Matute que afirmaba que la ginebra es lúcida y el güisqui barroco. Aunque tengo
más que pocos elementos de juicio para valorar una mitad de la frase, sí que
firmaría la otra mitad. Además tengo la sensación y algo más de que esa frase
está fundada en una experiencia vivida y vívida, repleta de sabiduría. Todos
decimos en algún momento de la vida o en su mayor parte frases que ya nos damos
cuenta de que fuera de contexto o maliciosamente, en malas manos, pueden
dejarnos como verdaderos idiotas sin apenas el vigor mental suficiente para
plasmar un pensamiento bien articulado. Sabemos que son sentidas, que no
mataríamos ni moriríamos por ellas pero que las defenderíamos más allá de toda
discusión, y sin embargo también sabemos que son inconsistentes. Hasta ahí
todos somos iguales, lo malo es cuando alguien pretende hacer proselitismo con
aquello que tanto le contenta y completa o lo defiende con una seguridad que
raya en la estulticia. Equidistante al proselitismo y certidumbre más
cándida está la mercadotecnia pura y dura. Hace poco me lo comentaba mi última
profesora de yoga, que en una feria de Biocultura, si no recuerdo mal, había
tal despliegue de marqueting que apenas reconocía el saber milenario. Pero mi
profesora no se gana la vida así, sus emolumentos proceden de su otro oficio,
por lo que se limita a dar sus clases a un grupo que a su vez tampoco tiene
pretensiones, todo ello dentro de un orden.
Advierte Louise L. Hay, una de las postulantes más famosa de la ley de
atracción y el pensamiento ilusorio, de la Nueva Era, de que al leer sus libros
alguien puede sentir un cierto rechazo ante alguna afirmación, una cierta
repelencia. También advierte de que si hay algo que sí se acepta mientras se
lee, hay que seguir adelante y que ella se da por satisfecha si una sola idea
ha servido de algo. Como bibliotecaria esta exhortación me produce la mayor
curiosidad porque ensancha la idea del libro como objeto. De la misma manera
que cuando buscábamos en una guía telefónica no nos teníamos que leer todo el
matraco, los libros de autoayuda en general están pensados para ser consumidos
y producir unos efectos o resultados muy determinados incluso sin necesidad de
leerlos en su integridad o por un orden convencional.
La ley del amor, un libro que se ofrece gratis en internet, de Vicent Guillem Primo, está organizado por preguntas y respuestas, un formato que ya procede de la antigüedad, aunque ahora mismo solo soy capaz de recordar un ejemplo de Ramon Llull. Permite hacer una exposición didáctica, cercana y, a pesar de seguir un plan establecido, permite una cierta desenvoltura, entrar en un tema, salir, volver al cabo de tres o cuatro preguntas o respuestas. La exposición también permite que el libro pueda ser consumido a ratitos, un poquito en un trayecto de metro, otro poquito antes de dormir, cuando se va pudiendo.
En uno de los primeros posts de este pobre blog, ya me refería
a que yo me encuentro más a gusto con nuestro arsenal clásico. No le quitaba
mérito al libro sobre la ira de Thich
Nhat Hanh, pero prefería el de
Séneca. Escrito admirablemente además. No me atrevería a hacer tal afirmación
si no hubiera leído ambos. Cuando hablo del Dhammapada o del Bagavadh Gita, que leí con el Mahabharata
y por separado, es que los he leído. Los Upanishads, los maestros del
Zen, el confucionismo, el taoísmo, el budismo, la Torah, el libro de los
muertos tibetano, el Popol Vuh, todos los textos principales donde se
representa el saber de cada filosofía o fe los he leído con mayor o menor
provecho o método. Y sin embargo con los Evangelios, Epícteto y
Séneca me basta. Las traducciones de los textos orientales, son a veces
versionadas a través del inglés o el francés y solo un recuerdo aberrante del
original. Y excuso decir que yo, que apenas me sé defender en inglés, no me voy
a poner a bregar con lenguas mucho más complejas como el chino o el sánscrito.
El Enchyridion de Epícteto no lo
escribió él, sino algún discípulo, pero seguramente, como pasó con Jesús de
Nazaret, la transcripción es muy fiel.
"Manténte unido a lo que es espiritualmente superior, prescindiendo de lo que hacen y dicen los demás. Sé fiel a tus verdaderas aspiraciones pase lo que pase a tu alrededor" (Epícteto, Enchyridion)
En el caso de Louise L. Hay, como en el de
Michelle Nielsen, como en el de Eduard Punset, hay un historial de alguna larga
enfermedad y un restablecimiento de la salud. Tanto estas personas como las que
hay detrás de la nube del Curso de milagros o Cursos de milagros son
candorosamente amorosos y muestran una seguridad total en aquello que
trasmiten. Me gustaría arrogarles convicción, pero creo que las convicciones
pertenecen a otra esfera del conocimiento, que están más cerca de otras
actividades mentales. Es como confundir derechos e intereses. Lo que sí tienen
todos ellos en común digo es que sus afirmaciones son muy seguras. No he sido
capaz de acabar ni uno solo de los libros que se ofrecen en internet por eso,
porque se hacen afirmaciones como que elegimos la familia en la que nacemos o
cosas así con total seguridad. Si solo se planteara como una posibilidad
o una experiencia personal ya me habrían "ganado" para la causa. Este
género de asertos me devuelven a las suspicacias del foro que mencioné al
principio.
Hace unos años había un juez en uno de los
distritos de la provincia de Barcelona que cuando intervenía en algún caso de
abuso sexual o violación siempre siempre dejaba a entender que la víctima había
inducido al delito aunque solo fuera por la forma de vestir. Y de alguna
manera, no hace falta decir cual, estos libros basados en que somos
responsables de nuestra propia felicidad, llevados a la ultranza de la ley de
atracción, me recuerdan a ese juez desgraciado.