Parece incomprensible que el
hecho de hablar se le hubiera convertido a alguien en un problema, puesto que
al fin y al cabo quien más quien menos todos hablamos. El caso me parece del
mayor interés porque hacia el año 1929 -además del famoso crack, que no
es poco- estaba totalmente consolidado el asunto de la
especialización en el trabajo. Es decir que la era industrial ya llevaba
unos cuantos lustros de alienación, perdón, de especialización. Está más que
comprobado que el rendimiento del personal es mucho mayor cuando cada función
se encarga a una persona determinada, que el trabajo en cadena es lo más
productivo del mundo. También se sabe, como dejé caer, lo alienante que es, y
hasta se diría que descorazonador, puesto que son pocos los que llegan a tener
en sus manos algún resultado tangible de su trabajo, ya que la labor es una
parte del entramado o montaje y a veces ni siquiera es reconocible como parte
del todo. La especialización del trabajo y sobre todo la asociación a una determinada
tecnología o material ha determinado también el rechazo a participar en el
“progreso”. Es decir, si asociamos a una determinada técnica un puesto de
trabajo, y esa determinada técnica se cambia o queda obsoleta, es muy posible
que obtengamos el rechazo del trabajador para incorporarse al cambio. Esto
dicho así en plan blog.
Mi oficio de base es el de
bibliotecaria (aunque algunos colegas se hacen llamar documentalistas y hasta community
managers) y hay gente que cuando me conoce me contempla con una cierta
incomodidad no exenta de conmiseración al asociar la biblioteconomía con los
libros de papel, cuando fuimos muchos de nosotros, bibliotecarios, los primeros
en trabajar con ordenadores. Hablo del año 1985. Es tan estúpido como pretender
que los plombiers, que es como pienso que se les sigue conociendo a los
fontaneros en el país vecino, siguen trabajando en tuberías de plomo y además
desconocen las virtudes del PVC. Pero, como se dice en The artist, es ley
de vida. Un poco el planteamiento acaba siendo como en La caverna,
uno de los libros más nihilistas de José Saramago, donde se explica cómo unos
alfareros son como si dijéramos exterminados por un macrocentro comercial.
Hoy en “La Vanguardia” Jordi Batlle y Pedro Vallín comentan bajo el título de “Vuelve el cine mudo” el tributo que se le
rinde en esta película al blanco y negro. Y nos anuncian que “Pablo Berger anda
preparando una Blancanieves también muda y blanquinegra. La producción
de Berges parte de un guión propio inspirado por la versión de los hermanos
Grimm –de sólo tres páginas– y trasladado a la España de principios del siglo
XX, donde un cortijo reemplaza al original castillo en una país negro como un
cuento gótico y con Maribel Verdú, Ángela Molina e Inma Cuesta como principales
reclamos”. Así de entrada me parece un poco como aquella versión de la ópera
“Fidelio” que vimos en Barcelona, con el homónimo enfundado en una chupa de
cuero de motarra, pero ya se verá si la película será algo más que un
experimento.
La primera película con
diálogos sonoros fue The jazz singer (Alan Crosland, 1927). Y, sí, creo que
Uggie el perro (Jack Russell terrier) de George Valentin se merece un Oscar a la mejor
interpretación.

