El tallo cerebral no
es cualquier cosa y será por eso por lo que está en la parte más interior de la
cabeza, al resguardo de pelotazos y testarazos en general. Sé un poco lo que es
el tallo cerebral y hasta el hipotálamo pero nunca había oído hablar del locus
coeruleus o sitio azul, donde parece ser que se fragua en instantes la
película rápida de nuestra propia vida cuando sentimos el peligro y la
determinación de la muerte. Otra cosa, como le leí ayer en un comentario de una
tal Alma a los neurocientíficos, es que “explicar como funciona un coche no
significa entender hacia donde va…” A su vez un comentario firmado por un
alias Lmussol le repuso a Alma: “al desgüace” [sic]. Esa diéresis
espúrea propia de la inmersión lingüística y la convivencia del español y el
catalán no es importante y ahí hasta queda bien, ante el desangelamiento que
podría inspirarnos la respuesta.
Creo sinceramente que
neurocientíficos, Alma y Lmussol, todos, tienen razón. Si acaso les diría a los
neurocientíficos que fueran más modestos en sus afirmaciones. Me atrevo a
deslizar aquella frase que al final no sabemos si pronunció José Letamendi o
Gregorio Marañón sobre que “el que solo sabe de medicina ni de medicina
sabe” y es que me temo que -salvo algunas excepciones- los autodenominados
científicos (en realidad “investigadores”) se pasan la vida estudiando lo suyo
y un campo muy preciso que por su vertiginosa estrechez nos parecería
inconcebible a los mortales más comunes. Yo he podido conocer algunos de ellos
que se han pasado toda su vida hasta la treintena o más sin establecer
contactos humanos fuera de su campo de estudio y el ámbito propiamente familiar
inmediato. Aunque hoy día la Pijociencia más estupendísima habla mucho
de la transversalidad de las disciplinas, diremos un tanto burdamente que
desprecian cuanto ignoran. A servidora, como creo que a Alma, no me sobra saber
que es en el sitio azul donde en condiciones de un trastorno neurohormonal
crítico reproducimos los “momentos estelares” de nuestra historia, frase que
tomo prestada de Zweig. Pero eso no responde mis preguntas ni las de casi
nadie, y no por una especie de obcecación en los planos esotéricos, que son un
fastidio, sino porque yo ya me estoy devanando los sesos pensando qué tono
tiene ese azul del sitio donde se produce el montaje de nuestra travesía por la
vida. ¿Será un azul prusiano? ¿Cadmio? ¿Noche africana?
La frase que sí que podemos
atribuir a Marañón es una que a mí me convence: “La ciencia, a pesar de sus
progresos increíbles, no puede ni podrá nunca explicarlo todo. Cada vez ganará
nuevas zonas a lo que hoy parece inexplicable. Pero las rayas fronterizas del
saber, por muy lejos que se eleven, tendrán siempre delante un infinito mundo
de misterio”.
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