o crean o no en donde yo trabajo, donde hay o hubo en plantilla creo que cosa de 6000 personas, hay un hombre que guarda un parecido asombroso con el Salieri de “Amadeus” (Miloš Forman, 1984). Lo que yo no sé es si vive atormentado por la envidia, ese vicio que dicen que corroía al compositor verdadero ante el genio y la picardía de Mozart. Pero son como dos gotas de agua.
Pero, empezando por los
parecidos razonables, las intrigas entre las concubinas del sultán y la
organización del serrallo de Topkapi, desde la validé o favorita,
pasando por los eunucos y las odaliscas y acabando por las niñas esclavas, no
se pueden comprender en dos tardes. En dos tardes como las que empleó
Jordi Sevilla en explicar a Rodríguez Zapatero lo preciso en Economía. La
comparación de Wiesenthal entre un serrallo y un convento se aleja del tópico
sacrílego para desarrollar la idea esencial del aislamiento.
Precisamente un año justo
después de estar en Topkapi estuve en Salamanca. Fue el día de Navidad, sin
turistas en Estambul y sin estudiantes en la capital charra. A pesar de que
pasaron no menos de 15 años aún es muy vívida la fuerza del impacto entre el
enorme parecido que sorprendí entre el patio que conduce al convento de las
Dueñas o dominicas y el del serrallo de Topkapi. Tal vez fue solo una
impresión, tal vez el parecido podría razonarse con pruebas materiales, fotos.
La cuestión ahora es solo plantear como se asemejan mundos ajenos.
Por un mismo factor de
conversión, se da una cuenta de que en un grupo con un determinado número
de personas que coinciden durante unos días en un curso de verano o en un
circuito turístico se darán a conocer con singular parecido a la profundidad
mera de los personajes que mostraba Agatha Christie para presentar un
caso de asesinato. Es decir que solo veremos las relaciones más reconocibles
entre nuestros personajes (madre-hijo, marido-mujer, etc.) y se diría que unos
rasgos que nos sitúan muy someramente sobre unos temores y unos intereses obvios.
Todo igualito, si quieren, que en una novela de Christie pero sin asesinato ni
muerto. Hitschcock, el maestro del suspense, acortó los planos. Y su
fascinación por el subconsciente le llevó al psicoanálisis y aún a los sueños.
Sin embargo, en los cursos de verano, en los tours y en las novelas de
Christie predomina el plano de 3 a 5 metros e incluso un radio mayor. En los
tres casos esa distancia la marca la necesidad de que un grupo de personas
desconocidas coincidan en un momento dado en un lugar, sea para rentabilizar
una clase, para compartir gastos en un viaje en grupo o fortuitamente para
enredar la trama y levantar sospechas ante lectores aficionados a las novelas
policíacas.
Es en los 3 metros o menos
cuando más he experimentado la sensación inexplicable de resultarme familiar
un completo desconocido. ¿Por qué extraña razón esa sensación me ha
sobrevenido tantas veces en los trayectos de media y larga distancia en tren?
Aunque he leído que el déjà-vu se asocia a la esquizofrenia, no
dejan de sorprenderme esos momentos tan desconcertantes como inservibles. Otro
caso es el de aquellas personas que nos despiertan una sensación de déjà-vu
y de peligro al mismo tiempo. Esa sensación no es inservible y yo al menos he
experimentado que son verdaderamente fundamentadas todas cuantas veces la he
sentido. Lo que no sé es si se pueden justificar en la esquizofrenia aquella o
en el cenizo o en la aplicación de un formidable sinnúmero de
multivariables y factores de conversión empíricos de nuestro lastre vital.
Soy consciente de que hay
personas que no son muy proclives a advertir las semejanzas entre sus
semejantes o entre cosas aparentemente diferentes. O tal vez no están
interesadas. Eso no les priva de llevar una vida normal, de la misma manera que
se puede vivir muy bien sin saber el punto de la salsa bechamel, si se me
permite decirlo a través de un nuevo símil.
Y todo esto es para llegar a
una comparación que es odiosa de verdad. Se ha escrito muchísimo sobre los campos
de concentración y de exterminio, sobre todo los de los nazis. Aunque se
han hecho varias películas en que aparecen kapos, yo desconocía
su naturaleza. Los nazis uniformaban a sus prisioneros y les marcaban la ropa
con un número y unos triángulos invertidos cuyo color indicaba tácitamente a
qué clase de persona iba asociado cada hombre y cada mujer o los niños. A
grandes rasgos, y de acuerdo con el cuadro que ilustra el Álbum hoy, el color
rojo señalaba a los comunistas, los espías, los desertores y los prisioneros de
guerra. El color azul señalaba a los emigrantes. El verde a los criminales. El
rosa a los hombres homosexuales, pederastas y violadores. El lila a los
Testigos de Jehová y los pacifistas. Los gitanos primero fueron señalados con
un triángulo negro, pero posteriormente se les identificó al triángulo marrón,
mientras que el negro quedó reservado para los enfermos mentales, las
lesbianas, los alcohólicos, los mendigos, las prostitutas y los adictos a las
drogas. En los judíos otro triángulo bajo la base del primero, hasta formar la
estrella de David, indicaba a los descendientes del pueblo elegido.
La cuestión es que en el
terrorífico e inhumano entramado de un campo de trabajo o de exterminio, tenía
un enorme peso el miedo, la humillación, la crueldad y el sufrimiento físico
(hambre, frío, hacinamiento). Todo ello quien más quien menos todos lo sabemos
o lo hemos ido pudiendo saber. Los kapos eran los directos
encargados de cada barracón. En el campo de concentración de Sachsenhausen,
cerca de Berlín, se muestra en el barracón 38 el camastro del
kapo, segregado de la sala donde dormían hacinados de 3 en 3 sus
prisioneros, que creo que eran gitanos. Los kapos eran también prisioneros y ostentaban el
triángulo verde, que era -como he dicho- el que se asignaba a los que antes de
la locura del nacional-socialismo se habían dedicado profesionalmente al
crimen.
Los kapos
serían pues personas de pocos escrúpulos, o “amorales” simplemente. Podían
hacer a la perfección el trabajo sucio que se les requería a cambio de algunas
ventajitas y de la embriagadora y altamente adictiva sensación de poderío de
que tanto gustan los cobardes. Como los nazis les supondrían crueles, astutos,
arrastrados y amigos de lo ajeno (envidiosos por tanto), daban el perfil justo
y necesario para la función de mantener los pabellones aterrorizados, bajo
control y especialmente humillados. A su vez los kapos
también pasaban miedo, pero era diferente miedo.
Estar bajo la voluntad de
una persona indecente que seguía las órdenes de unos locos es de lo peor que yo
soy capaz de imaginar. Los kapos, más o menos tal y como
los he descrito con trazos gruesísimos, siguen existiendo. No hace falta que
tengan un historial delictivo o antecedentes penales. No hace falta que
obedezcan enteramente al retrato robot, pero haberlos haylos. Y locos también.
De hecho, me estoy acordando además de aquella magnífica película argentina, “El
secreto de sus ojos” (Juan José Campanella, 2009), donde si no recuerdo mal
el asesino acaba condenado pero tras una breve pena de prisión pasa a ser
sicario predilecto del Partido Peronista. Y eso porque no quiero decir nada de
lo que yo conozco tan de cerca.


