Está claro que no todo es
cuestión de tamaño y, como digo, para mí tiene mucho peso la antigüedad de los
lugares. Y basta decir que no me impresiona tanto que Goethe paseó por
el Grüneburgpark de Fráncfort como que podamos admirar árboles singulares de su
época. Me estoy acordando de un
olmo más que centenario que había en un llano tocando
la entrada, llano que estaba cubierto de césped y bordeado por un sencillo
sendero sin marca alguna, como el que también se puede apreciar en la foto de
hoy del Álbum.
Supongo que jaleos etílicos
como los que se organizan en Lloret de Mar o en otros pueblos de las
costas españolas más soleadas son la contrapartida al silencio que es tan fácil
encontrar en las ciudades de Alemania. También es verdad, como lo fue
para mí en Nueva York, que esos parques tan grandes están descompensados por
unos espacios urbanos donde es difícil por no decir imposible encontrar donde
sentarse, como si con la ausencia de bancos se pretendiera evitar la
concentración de “vagos y maleantes” o los encuentros amorosos, o como si más
bien fueran inverosímiles bajo climas más inclementes que el nuestro.
Los bancos son en
Barcelona un lugar concurrido por los pensionistas y algunas parejas más bien
jóvenes. La gente se pasa horas hablando en las calles, cuando va y
viene de donde sea, cuando se encuentran fortuitamente. Pero hablamos de pie,
aunque a veces pasa un cuarto de hora entre la primera vez que nos despedimos y
la última.
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