El pasado 18 de julio publiqué una fotografía de una de las ventanas que se ve desde mi salita. Era la ventana de la tuya con los souvenirs porcinos que te habían traído tus parientes sevillanos, colgados del aparato del aire acondicionado. Desde mi apartamento puedo ver a veces el bloque de delante como si viera el número 13 de la rue del Percebe del TBO o como James Stewart veía parte del edificio que había enfrente del suyo en La ventana indiscreta (Alfred Hitchcock, 1954). También, según lo mires, es un poco como las ilustraciones primitivas de los romances de ciego, los pliegos de cordel, la cerámica popular o los catecismos pictográficos. Veo escenas más o menos familiares recortadas o enmarcadas por las ventanas, cuadradas o rectangulares, como si fueran retazos de retablos, los dioramas de Pedralbes, de pesebristas, una colmena, o hasta los frescos de la Capilla Sixtina o de Voronet cada uno representando una escena estanca, acabada.
Tu
retablo de los chorizos, ahora que he tenido noticia de tu muerte, se
representaba cada año con esa regularidad que impuso tu patio en el bloque,
cuando os llegasteis a vivir a finales de los noventa tú y tus padres. Aún me
acuerdo de cómo salían tu madre con la escoba y tu padre con el alpiste,
a las ocho de la manaña en punto al patio. Parecía la escena de un cuco
alpino, de sorprendente puntualidad y, como tus padres ya renqueaban,
tenían la rigidez propia de las figuritas autómatas, reproduciendo a diario la
rutina o la liturgia del barrido matinal y del cambio del agua de los canarios.
El
Sábado de Gloria advertí que las puertas de ballesta de tu piso estaban todas
recogidas y eso me puso sobre el aviso de que algo había ocurrido. No estaba
tampoco la garrafa de suavizante. En octubre estaba tuperra Trufa sola, como ya lo había estado cuando lo del bypass. Hice
una gestión en la estafeta donde trabajabas y me dijeron que estabas ingresado
otra vez. A Trufa se la llevaron creo que en enero y eso ya me escamó mucho,
como si tu convalescencia se hubiera convertido en algo sin futuro. Pero por otra
parte me daba mucha pena oírla ulular en la alta noche. El llanto del perro
con la noche en blanco nos devuelve al dolor más elemental y desgarrador, el de
nuestro desamparo.
Otra
escena de tu vida fue la aparición de Anaís en tu patio, como en un estrado.
Pesaría tres veces menos que tú, pero caminaba como caminan las habaneras que
tienen ni que sea una octava parte de negritud, con todo su peso. Su voz un día
deslumbró, y digo deslumbró y no retumbó, en medio de la tarde.
Dijo, mientras hojeaba el "Hola": "Naomi Campbell cobrará
cuatro millones de pesetas por un desfile". Qué voz tan clara,
criolla. Me dieron ganas de decirle desde mi... palco: "Ya sabrás
que yo peso y mido lo mismo que esa". Pero no lo hice. Y eso que
tenía una pocas ocasiones de decir tal cosa, y ahora que gané peso ninguna. En
fin, lo que tampoco se oía pero todo el mundo sabía es que la cubana había
quitado a tus padres del medio (¿una residencia?) y parecía llevar intenciones
de hacerse con tu piso. También lo supiste tú porque no consiguió reunir a su
familia en Barcelona y, siempre según mi peluquera, no consiguió su propósito.
Si
ordenaramos un poco las escenas a las que me remito, como señalando las fotos
de un álbum, habría que decir que primero iba la escena del cuco, después la de
Naomí Campbell y luego la de los chorizos, cuando ya te quedaste solo y solo
recibías la visita anual de los parientes del pueblo. Fue desaparecer Anaís y
aparecer Trufa. Entre la escena del cuco y la de Naomi Campbell también
recuerdo una que me pareció merecedora de un diorama y de un fresco y de
cualquier cosa. Estabas sobre una bicicleta estática en bóxer, viendo la
televisión y bebiendo al gollete un quinto de Estrella Damm. El Buda hacía cervecing.
Mandé
a mi madre que le preguntara a la cartera que reparte en su bloque cómo estabas
y le dijo que estabas muerto y que habías estado muy enfermo, del corazón y de
los riñones. Me he quedado con las ganas de saber si supiste que ganó el
Real Madrid la Copa del Rey contra el Barça. Quedamos 1-0. Ayer nos
metieron dos en la Champions League. ¡Si oyeras como gritaban los energúmenos
culés! Ya sabrás que lo que es por mí ya pueden ganar la Champions League como
todas las ligas y hasta el Premio Cervantes, que yo nunca seré del Barça.
También quisiera decirte que cuando estuviste ingresado la primera vez yo
estaba con mis oposiciones. Mi vecino de abajo, ese que tiene una docena de perros
incestuosos que no llegan ni a chihuahuas, ese que no recoge sus cacas y
quedan esparcidas durante días, estaba el otro día en casa de mi hermano con un
producto para enseñarle a su perro a mear sobre un trapito. Ya sé que este tema
te asqueaba mucho, mientras que a mí simplemente me indignaba por la sencilla
razón de que no me llega el hedor y solo puedo atisbar sus excrementos con el
zoom de la cámara. Pero me ataca las entretelas. Bien, pues ahora viene lo
mejor. Ahora que estás muerto (que algo bueno tendrá estar muerto) te puedo
decir que cuando mis oposiciones yo me tomaba un comprimido de 2 mg de
diazepam cada noche, que me lo había aconsejado una enfermera de mi hospital
que sabía mucho de cacas de perro y de oposiciones. Para descansar bien. Como
me parecían mucho 2 mg, le pegaba un mordisquito y lo que no metía en el cuerpo
lo echaba en el patio, para los malditos perros incestuosos. En cuantito hice
el tercer examen dejé de hacer eso, porque dejé de tomar el calmante, pero le
llegué a coger hasta gusto.
Apreciado
Juan, espero que por la presente estés bien y confío en que nos volveremos a
ver en el Paraíso o en las verdes praderas. Un abrazo grande.
"El Señor es mi pastor, nada me falta. En verdes
praderas me hace reposar" (Sal 23)
