El claro de
luna en mi ciudad está contaminado lumínicamente y a veces lo interrumpen
los aviones, pero sin embargo las noches de luna llena me suelo abismar
ante una hoja en blanco que expongo a su luz, como ofrenda o para ver
temblar su reflejo perlado, su fulgor frío y absorbente, magnético. La luna
del día empalidece y pocas veces se encuentra ante el sol, pero cuando se
encaran -lo que en el taoísmo se conoce como "las bodas del sol y la
luna"- recuerdan aquellos grabados xilográficos que mostraban el
firmamento de una vez. Otra cosa es el eclipse.
Supe hace un
tiempo de buena fuente que Carmen Balcells, seguramente la agente
literaria más importante de España, aunque ya bastante inactiva, no
contrataba a ningún escritor sin antes haber hecho una consulta astrológica
concretamente a un gabinete italiano. Creo que este detalle es desconocido para
el público en general e incluso para los escritores de su repertorio, que en su
mayor parte son novelistas. En su momento, hará 20 años, esta información o
chafardería me dio que pensar. Sobre todo porque lo que se valoraba no era el
libro en sí de los aspirantes, sino su futuro. También me resulto
llamativo que se confiara una inversión económica a un análisis de mercado
basado en la posición de los astros sobre la existencia de un escritor. Aún
admitiendo la influencia de los astros en nuestras vidas insignificantes,
pesaría la falibilidad de los intérpretes astrológicos. Evidentemente,
el sistema de la Balcells está blindado moralmente por la excusa de que
si el gabinete astrológico se equivoca, entonces la vida, la muerte y el destino
impondrán sus razones sea para entrar, permanecer o salir de su catálogo de
superventas.
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