15/6/26

Más máscaras más caras

"Ahora os voy a decir, primero a qué he venido y después os explicaré 
el argumento de esta tragedia. Pero bueno, ¿qué pasa?, ¿fruncís 
el ceño porque he dicho que iba a ser una tragedia? Nada, no hay que
 apurarse, soy un dios, la transformaré; si es que estáis
 de acuerdo, la volveré de tragedia en comedia
 sin cambiar un solo de verso. ¿Queréis, sí o no?
 Pero tonto de mí, de preguntároslo, como si no
 supiera lo que queréis, siendo un dios. Ya sé lo que os 
gustaría: haré una mezcla, una tragicomedia; no, es 
que hacer que sea todo el tiempo una comedia, 
viniendo reyes y dioses, la verdad, no me parece ni medio bien." 

Mercurio al principio del Anfitrión de Plauto


ace años di con una insignia de una asociación de pacientes con síndrome bipolar y representaba las dos máscaras clásicas de la tragedia y la comedia, que reflejan una cara con una sonrisa casi sardónica y otra cara con una mueca de una gran aflicción, como de llanto. Conozco personalmente 4 personas diagnosticadas de síndrome bipolar, pero pienso que a una de ellas le han asignado ese diagnóstico porque no sabían qué otro diagnóstico imponerle y, al fin y al cabo, el tratamiento psiquiátrico ante el que mejor ha respondido es el indicado médicamente ante ese trastorno. 
Ahora le recetan quetiapina hasta a los ancianos que se resisten a las normas de las instituciones donde se ingresan dejando, como ante la entrada del Inferno, toda esperanza. La quetiapina se la dan a los esquizofrénicos, a los viejos rebeldes (para "dulcificarlos"), a los pacientes con síndrome bipolar y a los que padecen brotes de psicosis. Es como aquellos medicamentos (el Momentol o el Optalidón) que lo mismo servían para un roto que para un descosido.  La quetiapina se receta a destajo por ahora.
La verdad es que con el tiempo vas aprendiendo a distinguir entre lo que es propiamente la enfermedad y lo que es obra de las pastillas, y eso más allá del típico temblor de manos o de mano que se experimenta con los antidepresivos y otros medicamentos. 
Las personas que van a psicoterapia también usan unas ciertas muletillas que no digo que no les vayan bien para superar sus problemas de conducta y para asumir dictados, pero que a mí me previenen y mucho. En cualquier caso todos esos signos son tan reconocibles como disculpables, si no fuera cuando van acompañados o seguidos de una especie de arrogancia que se confunde con la razón o la experiencia o la firmeza. Es como cuando se confunde la franqueza con la insolencia.
Decir "psicoterapia" es no decir nada, por lo poco que sé, puesto que hay muchos tipos de psicoterapia, pero vamos a dejarlo ahí, porque lo me importa es ahora ese efecto secundario al que me refiero, el de las muletillas. 
Hace años leí la Aulularia, de Plauto también, y la leí en latín, cosa que creo que ahora no podría hacer, porque por alguna razón que ignoro mi mente se ha cerrado un algo. También leía con una cierta agilidad las versiones latinas de Astérix, cosa que venía muy respaldada porque los diálogos son cortitos y las viñetas los situaban con bastante precisión. Tal vez recuperaré el "músculo". Estos días vuelvo a Plauto y entreveo una actitud que no me es extraña ni ajena. Mercurio dice que puede transformar una tragedia en una comedia sin cambiar ni un verso y de alguna manera podemos entender que no es una bravata sino que hay ahí algo de sabiduría o simplemente un ligero mecanismo que puede invertir una situación.
El Prof. David García-Dorado, que fue jefe mío cuando trabajé en Cardiología del Hospital Vall Hebron, decía ─cuando en el comedor de guardias veíamos y oíamos a alguien reír fuerte─ que de la risa al llanto iba poco. Y se lo oí decir más de una y de dos veces. En verdad tenía toda la razón. Me hacía recordar las máscaras de la tragedia y la comedia.
Después de 40 años entre los 20 en el Hospital de Bellvitge y los otros 20 en el Hospital Vall Hebron, la expresión facial que más me ha sorprendido y de la que más he aprendido es la de sorpresa o estupor ante la desgracia sobrevenida. Es como si las personas a las que les ha ocurrido un accidente o un percance de salud, no las secundara una comprensión inmediata del hecho, como si no acabaran de creer lo que les ha ocurrido y lo vivieran como un engaño o una trampa mental, una laguna, una equivocación.
Con una gran exactitud Rosalía de Castro pudo distinguir que más allá del bien y del mal lo que hay es la desgracia, como en un vértice que a su entender no estaba ni bajo el poder el "cielo" ni del "infierno" (Follas novas). 
La estupefacción, a mi entender, tiene unos rasgos más auténticos que los que muestra muchas veces la alegría y la pena, porque ambas pueden ser engañosas o están a veces muy condicionadas por el error de lo que es socialmente aceptado como correcto. 
Un amigo que falleció hace un poco más de 2 años había realizado cosa de 25 de psicoanálisis y a mí me resultaba ─vamos a decirlo así─ de "gran utilidad" porque nos parecemos o parecíamos mucho, en mi modesta medida, claro. Su forma de acercarse a mí era exquisitamente prudente y nunca noté que abusara de la confianza que siempre le concedí. Pienso que por nuestra semejanza y por el tacto en su trato, los posibles reparos que me podrían haber inspirado los cinco lustros de psicoanálisis eran nimios y anecdóticos. No hay nada más molesto que los consejos o las lecciones no solicitadas, además. El Dr. Luis Monfort explicaba unas historias propias maravillosas en las que te reías hasta llorar. Era desopilante. En recuerdo de él y de los buenos momentos que pasamos coloco hoy en el post una de sus obras de arte preferidas.
Al final lo que queda y predomina es la cordialidad, la amabilidad, la atención. Perduran más allá del tiempo y en ellas palpita la vida.

Descendimiento de la cruz (Rogier van der Weyden, c. 1436)

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