A primeras horas de la mañana, además de algún corredor, hay algún camarero que ya está trabajando, las brigadas especiales de limpieza y la policía (mossos y Guardia Urbana). No veo, como podría ver a esas horas en mi barrio, gente paseando a sus perros. Las brigadas especiales de limpieza recogen los numerosos residuos que dejan los sintecho en el lugar donde durmieron. Siempre veremos a alguien que lleva un utensilio que sirve para peinar de jeringas el área que luego barren. Y verdaderamente podría decirse ─sobre todo desde mi punto de vista que no está comprometido con ningún visión ideológica ni profesional─ que todos los que están durmiendo en la calle son en alto porcentaje toxicómanos o personas que padecen alguna otra enfermedad mental severa.
Este álbum que languidece a veces ha transcrito mi testimonio de la degradación de Barcelona, que no solo tiene que ver con el aumento de mujeres, hombres y niños sin techo, sino también con el cierre de negocios "de toda la vida", el aumento desmedido del turismo low cost y de borrachera y una presencia dominante y orwelliana de la imagen corporativa del Ayuntamiento. Los urbanistas municipales han homogeneizado los servicios de los barrios y nos lo tienen todo señalizado y muy comunicado, pero esa imagen se superpone a la de unas calles con unos negocios poco estables y de un lujo que no es para nosotros. No vamos a añorarnos del Paseo de Gracia patricio en el que hubo tres cines (y no me refiero al Casablanca o al Comedia), la Librería Francesa y un solo bar, además del que había en el Drugstore. La nostalgia y la melancolía no llevan a ninguna parte. Los tres cines eran el Fantasio, el Savoy y el Publi, que quedaba donde el Boulevard Rosa, también desaparecido.
El primer sábado de enero bajé por Pelayo o no distinguí ninguna de las tiendas que había habido "de toda la vida" o de por lo menos 5 años de establecimiento. Se diría que los comercios incluso tácticamente se hacen valer por la inestabilidad de su oferta. Todo es rápido e instantáneo y todo se convierte rápidamente en basura. Las llamadas grandes marcas exhiben la buena confección, que es inasequible para los consumidores mileuristas y ya no digamos para los que cobran mucho menos.
En septiembre vi en París que estaban sobreviviendo mejor que en Barcelona por lo menos los comercios y los bistrots que no pertenecen a cadenas, pero se advierten también unos aires distintos. El Fauchon que yo conocí en los ochenta, con naranjas valencianas y judías verdes de Tanzania apiladas con delicada fruición, se ha convertido en un lugar de conservas. Es cierto que el Fauchon de donde dicen que el magnate Niarchos se hacía llevar por helicóptero su compra, también tenía una buena bodega y ya no digamos quesos y fois, pero tenía muchos productos frescos. El Fauchon de la Madeleine de la primera parte del milenio aún ofrecía manzanas, el de su segunda década todo lo vende envasado e identificado con la marca correspondiente. Es imposible trasladar el disfrute de los sentidos que era fácil encontrar la primera vez que fui el año 1982 a la exposición de productos alineados logísticamente con una precisión que apela a una opulencia sofisticada.
Como los parques y los jardines, aunque no todos, se han visto descuidados en los últimos años, nada me invita a pasear tanto como había paseado. Sigo paseando porque me gusta caminar, pero no porque encuentre tan estimulante la calle como sí lo había sido para mí. Tal vez, nunca se sabe, volveré a disfrutar de Barcelona en otra época.
