Nací bajo el signo de Cáncer pero a escasas horas de Leo y dicen que me determinó tanto por el Sol como por la Luna, que si nos ponemos a pensar nos afecta a todos, como criaturas de la naturaleza que somos. En cualquier caso admitiré que me atraen aquellos lugares y cosas en que coinciden el elemento agua y el elemento fuego: el rayo, el whisky y el hielo, pero no el agua caliente o un río de lava ni los filtros amorosos varios. Hace tiempo que no bebo whisky pero lo sigo considerando la bebida alcohólica más interesante y ─aunque no esté bien decirlo─ hay que afirmar que es buenísimo para la salud si no se toma en exceso, claro. Solía tomarlo sin hielo. El rescoldo que queda en el vaso, por mucho que se apure, al día siguiente se puede tomar confundido en cuatro dedos de agua y es como resucitar lo más volátil de la destilación. Yo le llamo "agua de whisky", que no tiene nada que ver con el whisky aguado.
Con el jamón me he llevado muchos desengaños y por eso soy más de chorizo. De hecho creo que será una buena idea hacer un recorrido hispánico haciendo una ruta del chorizo, hecha la salvedad de que tendría que hacerse con mucho tiempo porque no creo que haya cuerpo que aguante una dieta tan choricera. Tal vez solo si se hiciera en dosis homeopáticas o de degustación. El salchichón con pimienta en su interior o con esa capa que lo recuerda a una herramienta de bricolador no me resulta atractivo ni a la vista ni al gusto, aunque sí al olfato. El chorizo es atractivo al olfato y al gusto. El pimentón es ideal y si se pasa por la sartén un pedacito extrae del aceite un aroma y unos matices verdaderamente espléndidos.
Una vez que volví de unas vacaciones en el Estrella de Galicia en la litera superior pasé toda la noche con mi cabeza cerca de un gran paquete de chorizos y a la mañana siguiente exigí que por lo menos me dieran medio chorizo. Me dieron uno. No podía ser menos.
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