"Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha , y del que hizo el Viaje del Parnaso, a imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas y, quizá, sin el nombre de su dueño. Llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlo Quinto, de felice memoria".
Miguel de Cervantes, Prólogo al lector, Novelas ejemplares
Hace un par de años era noticia la exhumación de los restos de Miguel de Cervantes en el Convento de las Trinitarias de Madrid. Después la noticia quedó diluida ante las evidencias de que el ataúd examinado no se correspondía con el cuerpo buscado. Ni el comité científico multidisciplinar que se encargaba de las pruebas, ni el Ayuntamiento de Madrid ni la Comunidad difundieron comunicado oficial alguno, así que todo lo que se diga entra dentro de la mera especulación. Después de dar tumbos por algún rastro que encontré hoy en internet llego a la conclusión de que los 100.000 euros que se dedicaron al asunto también se diluyeron y que eran claramente insuficientes para poder integrar a los forenses, arqueólogos, archiveros, etcétera, que se vieron implicados en la investigación. Se vio que la mejor manera de abandonarla era haciendo un mutis tan ensordecedor como desconcertante. No hace falta ser muy listo para darse cuenta de que el silencio es el trato que obtienen muchísimos temas cuyo resultado, si lo hay o si no lo hay, no es cómodo o no es elegante.
Si finalmente las Novelas ejemplares que imprimió Juan de la Cuesta en Madrid el año 1613 hubieran tenido el grabado con el retrato de su autor, que me doy en pensar que se suprimió por criterios económicos, ahora tendríamos además de la écfrasis una imagen. El detalle de los seis dientes, los cuales además no llevaban correspondencia los unos con los otros (esto es, digo yo, que por su disposición no servirían para una masticación normal), debió de ser un dato a considerar por los forenses. Pero ¿cuántos hombres del Siglo de Oro abandonaron este mundo con una dentadura en buen estado?
El autorretrato de Cervantes tiene el mismo talante que toda su obra, con lo que no estaría diciendo nada a no ser lo que cualquiera sabe ya de su modestia, su buena relación con la verdad, la tolerancia y un humor que muchos han querido identificar con la ironía. Protesto de manera rotunda puesto que ya en tiempo de Teofrasto se consideraba que la ironía estaba conceptualmente y hasta gramaticalmente emparentada con el disimulo, y no veo yo a Cervantes como alguien que se dejara llevar por el arte de la simulación. Más bien su humor es tierno, lleno de comprensión y no es escabroso, ni burlón ni reticente. Hace poco me referí a la última novela de Luisa Cuerda, porque entre sus méritos contaba con el de que la narradora había quedado al margen de la narración. Me refiero ahora de nuevo a El chico de las cigüeñas porque en su principio hay un referencia a esas fotos que les ponen a los libros con un retrato del autor. Y esa mención, en boca del personaje, que es un escritor, nos sirve para mostrarnos la idea que tiene él de sí mismo:
Cuando empecé a vender libros en serio, antes incluso del premio, tuve que enfrentarme con la cuestión de las fotos. Nunca hasta entonces me había planteado nada acerca de mi apariencia. Es ahora cuando me preocupa, desde que tengo que ver mi jeta en contraportadas y me doy cuenta de las muchas imperfecciones que me habían pasado desapercibidas en mis someras inspecciones al afeitarme, todos estos años. La extrañeza que me produce mi propio rostro, su desidentificación con la idea que tengo de mí mismo, es una inquietud que ha venido a mi vida de la mano del reconocimiento profesional. Sin saber cuándo ni cómo me he convertido en un hombre con poco pelo en la cabeza, con dos arrugas verticales entre las cejas, con las mejillas sumidas y la piel gruesa. Cuando doy la vuelta de mis libros, es mi padre quien me observa desde la contraportada, y yo tiendo a buscarme en el espejo para encontrar también allí a mi padre, que me mira perplejo y ensaya sonrisas como reclamos. La imagen que yo tengo de mí mismo corresponde a una fotografía que me tomaron en la escuela en cuarto de bachillerato. Fue la primera vez que sonreí a la cámara, y lo hice porque Ventura se había puesto detrás del fotógrafo y nos hacía muecas. Mi madre amplió la foto, la enmarcó y la puso en el comedor. Y luego me obligó a dedicarle dos copias a mis dos abuelas. Durante un tiempo no me gustó esa foto: me veía demasiado sonriente, como complaciente, un poco bobo. Pero ahora me he perdido, hago sonreír ante el espejo al hombre mayor que tanto se parece a mi padre, para ver si vuelve aquel Santiago adolescente. Susana dice que sí. Que son los mismos ojos, la misma sonrisa. Y esa afirmación me sosiega bastante. En todo caso, no me gusta salir en los libros. Mi cara sonriendo al lado de mi obra tiene algo de mendicante; y si no sonrío, me parece que no me hago responsable de lo que hay escrito, que soy alguien que simplemente, pasaba por allí. Otros escritores parecen relajados y felices, llevando una gorra o fumándose un puro o acariciando un perro. Casuales, que diría el tipo de las fotos. Mis fotos, por el contrario tienen un inequívoco regusto a DNI o a ficha policial. Una vez, en VIP’s, oí decir a una mujer que hojeaba un libro mío: «No sé si llevarme este de aquí, el del feo, o aquel otro, el del guapo». Salí de allí ocultando la cara como un criminal. No se lo he contado ni a Susana (Luisa Cuerda, El chico de las cigüeñas. La Coruña: Ediciones del Viento, 2009: 17-18)
Al transcribir el párrafo me doy cuenta otra vez y mejor de lo bien escrito que está*. La frase "otros escritores parecen relajados y felices" me hace pensar en algo en lo que tantas veces he reparado no ya en las solapas de los libros sino en tantos otros medios. De los escritores tenemos retratos que siguen el estilo marcado por el Renacimiento, y eso en el mejor sentido de la palabra Renacimiento. Hay fotografías académicas que bien podrían ser de foto-matón por su fondo neutro pero que hacen ostentación de una seriedad impostada, otras (estoy pensando en alguna que le hizo Colita a Terenci Moix) son fotos de artista, en las que el fotógrafo conoce bien o mal al escritor y que lo sitúan en su salsa. Montserrat Roig aunque no la conocí en persona era muy fotogénica, aparte de atractiva. Aún hay escritores que se fotografían en sus bibliotecas, como Javier Marías o Andrés Trapiello. Lo de relajados y felices (ya no digamos satisfechos) es muy socorrido por los superventas y los libros de autoayuda. Así que el texto de Cuerda, al referirse a la imagen que tiene de sí mismo el escritor a que se refiere nos devuelve a Cervantes, a la autenticidad. ***
Hace poco pudimos disfrutar de una entrevista en La Contra de La Vanguardia a Juan José Areta, autor de Atlas del bien y del mal. Juan José Areta visitó este blog hace años, cuando aún estaba alojado en *A la flor del berro. Visitó el post sobre La tergiversicina a raíz de un disputa literaria de la que era objeto Alejandro González Terriza y su poemario. El devocionario pop. Es una lástima que al mudar de dominio se perdieran los comentarios, porque de haberse conservado aún guardaría el par de comentarios que dejó Juan José Areta, con su alias Tsevan Rabtan. Con decirlo no comprometo su privacidad puesto que él mismo lo proclama. Recuerdo que de uno de sus comentarios se desprendía su ateísmo o ausencia de creencias religiosas, algo que más que una "ausencia" se muestra activamente. Entre esa beligerancia suspicaz-perspicaz y que es de esa clase de personas que hacen preguntas sin ningún género de permiso ni cortapisa, me asusté y no cultivé el contacto.
Lo que no era tan conocido como su nickname era su imagen, aunque yo la había podido descubrir en un vídeo que creo que aún está en Youtube, en el que aparece en un acto político de Ciutadans, en los inicios del partido. Tsevan Rabtan es un tuitstar (con más de 10.000 seguidores para 297 tuits), y eso que se salió de Twitter por lo menos una vez que yo sepa. Lo más llamativo prosopográficamente hablando en el vídeo era su peinado y el tic de llevarse constantemente la mano a ese punto que hay cerca de la oreja y donde tenemos el último fleco de pelos cerca del cogote. En la fotografía que le hicieron el otro día en La Vanguardia, de Kim Manresa, lo vemos con el pelo más corto, más encanecido, nariz carnosa, labios finos y una mirada opaca y asimétrica**.
La fotografía de Kim Manresa es de un primer plano (cabeza y hombros) y lo que nos transmite es la imagen de un señor de mediana edad en un no-lugar que podría ser un despacho o el vestíbulo de un hotel. Parece que su brazo derecho reposa a lo largo del respaldo de un sofá de tres plazas, cosa que nos indica desenvoltura y bienestar. Aunque no se aprecia bien la camisa, se ve descuidada. No planchada o apenas planchada, mal lavada (esas camisas tan bonitas de cuadros de colores abigarrados suelen achocolatarse mucho en las lavadoras). Kim Manresa es un fotógrafo de gran prestigio y ha publicado muchos de sus retratos. Estoy pensando en el libro Rebeldía de nobel, que reúne retratos de 16 entrevistados. He visto algunos de esos retratos y algunos me gustan mucho; no sé sin embargo si aportan algo a lo que nos dicen los libros de los escritores. Es como si más bien lo que aportan fuera independiente de los libros. Es una sensación curiosa y habla de una especie de indefensión.
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(*) Puede parecer inverosímil la anécdota de que un escritor se encuentre en una librería (la de VIP's) y hablen de él en el preciso momento en el que el escritor puede oírlos. Yo creo que es más que posible. Una vez me encontraba en la desaparecida Llibreria Françesa, en el Paseo de Gracia, y justo cuando me encontraba ante El caganer, que estaba expuesto en plano, vi ante mí a uno de sus dos autores, que es amigo mío. Me puse roja como un pimiento, como si estuviera haciendo algo malo, que no. Semanas después Jordi Arruga me regaló un ejemplar y me volví a poner roja porque el había acertado al suponer que yo no había comprado un ejemplar. Las personas que tenemos facilidad para ruborizarnos (como mi amigo y yo misma) no tenemos remedio. Si yo me pongo roja, pase, pero cuando alguien se ruboriza cuando yo me pongo roja eso es ya muy embarazoso y se presta a malentendidos sin cuento.
(**) Me gustaría poder decir algo sobre el Atlas del bien y del mal, del libro (y no de la entrevista o del retrato), pero para mí hay historias un poco truculentas que no me convienen en estos momentos. Me decidió de manera definitiva lo del maharahá que despeñaba elefantes por el placer de oírlos chillar. Creo que el libro está bien documentado y que la tesis de fondo es interesante y certera, pero una tesis igual o parecida es la que se desarrolla en la novela Tuareg de Vázquez-Figueroa y no es tan atroz. Verdaderamente se podría decir —siempre de acuerdo con la entrevista de La Contra— que hay más de una tesis, puesto que intervienen otros temas como el poder político, la corrupción, la perversidad, etcétera.
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