La sonrisa de Miércoles al salir es escalofriante pero logra convencer al grupo de que cederá a hacer de Pocahontas en el Día de Acción de Gracias. En realidad sus intenciones son otras.
A pesar de lo mucho que se ha avanzado en desenmascarar las estrategias y los juegos de adoctrinamiento, parece todo inútil al lado del rodillo de la mala educación. A veces no me puedo creer que mis congéneres menores de 10 años, o una buena parte de ellas, estén abducidas por las princesas de Disney, Kitty y demás. Que me hago vieja lo prueba mi aversión o intolerancia a las playstations, o las wii, el wasap y, ya puesta a decir, a esos niños que necesitan tener una camiseta del Barça -o del Real Madrid- que en su versión oficial no baja de 80€.
Comprendo la manía que le tomaron algunas amigas de mi generación a los colegios de monjas porque yo tuve que soportar varios campamentos scout entre los 7 y los 12 años y aunque seguramente no fueron los peores posibles debo decir que pienso que conmigo no consiguieron nada. Ni una sola idea favorable a las que pretendían inculcarme caló en mí más que para ser aislada cuidadosamente como sé que hacen los desactivadores de bombas con un dispositivo explosivo: ni la fe en el esfuerzo, ni el catalanismo, ni la mística del trabajo cooperativo. Aunque soy capaz de discernir lo poquito de bueno que tienen esas creencias, la vida me ha dado la razón o me ha apuntalado en mis errores. Ya se verá.

