How can a woman be expected to be happy with a man who
insists on treating her as if she were a perfectly normal
human being?
Oscar Wilde
Aunque
hasta los 46 si se sigue una vida más o menos ordenada, se tiene salud y no se
han padecido demasiados accidentes, normalmente las mujeres están de buen ver,
hacia los 50 se produce una cierta transformación física que dejaremos en
"decadencia" o si lo prefieren, "madurez". Yo que siempre
cultivé mi buena memoria, a sabiendas de que así también cultivaba mi
imaginación, la he visto degenerar drásticamente. La cara se descuelga. Luego
está aquello tan patético de que no soportas situaciones agarrotantes de
garrulos sin fronteras y te pones como una hidra venenosa creando situaciones
muy embarazosas a los allí presentes si te da en reaccionar como te pide el
cuerpo, que es mal. Se duerme peor y te despierta en vez de la Blackberry o un
arrumaco, una especie de desazón coyuntural que se hunde angustiosamente en el timo
como un puñal revenido. Según una amiga que cada 10 años que cumple hace una
gran fiesta, en la última, la gente comió más que bebió (solía ser al revés),
cosa que indica que los hígados están entrando en una textura de paté. A
esta última no fui, le dije que hacia los 80 volveré a hacer vida pública,
porque lo que es ahora no me apetecen las fiestas. Como decía un compañero mío
de trabajo, son "ráfagas" (rachas)
Así
que nunca admiraré bastante el humor de Lilian Gish o de Bette Davis para
seguir en el candelabro, perdón, en el candelero, cuando ya no se tiene la belleza radiante que impregnó la plata fina de las
películas primitivas, tan vaporosa, tan fascinante. El bigote de Price fue cambiando de
color, en alguna película desaparecía, pero no he visto bigote tan significativo, tan
perfilado, con tanta intriga, como el que llevó este actor. O tal vez el que
llevaron otros actores no me intrigó tanto. Paul Newman con bigote parecía
salido de Chueca. El de Price no era bien bien como el de Tyrone Power haciendo
de Zorro o el de Bonet de San Pedro, demasiado negro y tipo mariachi. El de Price
era impresionante.
Pero
yendo a lo que íbamos, que es nuestra decadencia, pienso en lo terrible que ha
sido el cine para los artistas de verdad, cuando los fue consumiendo hasta ver
una mayoría aplastante de estrellas jóvenes, con sus cinco piquitos bruñidos
como la vara mágica de un hada nueva, con su marqueting y su asimilación a
mitos como el de Audrey Hepburn, por ejemplo, mil veces repetida e imitada
hasta la náusea.
La
belleza, que ya es de las pocas cosas que me interesan, no creo que abandone a los
hombres y mujeres maduras ni ancianas, no siempre. Es otra cosa que ni siquiera
voy a nombrar para no romper el encanto del fotograma de hoy.
