Estamos rodeados de objetos
como la copa Pompadour, o como los objetos de depurado diseño e ingeniería.
Pero algunos son inmortales y otros cansan. Unos son atemporales mientras que
gran parte de los otros no resiste ni una Operación Triunfo, como el Elvis
Presley que colgó en todos los coches imaginables. Tanta ingeniería, tanta
mercadotecnia, pero por razones que no alcanzo, los lomos de los
libros se imprimen de arriba abajo, de abajo hacia arriba, y
hasta como un tejuelo transversal. Repasar los anaqueles de una librería se
convierte en un ejercicio intenso para las vértebras cervicales. Las tarjetas
magnéticas o con chip, por otra parte, cada vez más impuestas
en la vida cotidiana, también tienen su perendengue: lo mismo se introducen por
el lado del chip como de perfil de cara o de perfil por el dorso, en sentido
ascendente o descendente. Esta variedad no es enriquecedora, es un fastidio que
a las personas que somos despistadas y que nos movemos en espacios que parecen
recreados por Jacques Tati, nos
desgasta muchísimo.
Por favor, queremos que todas las
tarjetas funcionen por el mismo lado. Las personas y las mujeres que tenemos
que hacer las cosas al revés porque somos zurdas contrariadas (discapacitadas
hemisféricas integradas), tenemos un verdadero problema incluso para descifrar
el panel de los timbres de un bloque. Nunca sabemos por ejemplo si las filas
corresponden a los pisos y las columnas a las puertas. Y, por pedir que no
quede, lo ideal sería que todos los wáteres estuvieran todos al fondo a la
derecha o bien todos al fondo a la izquierda. O, mejor aún, al fondo tirando
recto. Si algo tiene de bueno ser una discapacitada hemisférica mal
lateralizada es que, de tanto hacer las cosas al revés, se acaba por adquirir
plena conciencia del eje en que giramos y del bidibi badibi bú que nos
sustenta. Al fin y al cabo, pillamos antes a un mentiroso que a un cojo, como
todo el mundo.
Mi pequeña labor enciclopédica cuántica
(el índice de materias que voy construyendo) está empezando a recoger sus
frutos. Me ha permitido ver que el año 1755 coincidieron el terrible terremoto
de Lisboa -la prueba para Voltaire de que estamos en el peor de los mundos
posibles- y el retrato de Quentin de La Tour de la mecenas de los
enciclopedistas. Me gustaría mucho poder añadir a mi índice el nombre exacto
del azul de la partitura que sostiene la marquesa. Azul francés no es, tampoco
es azul borbón (el Bien-Aimé lo era) ni azul pitufo. Estoy en un sinvivir, de
verdad.
Marquesa de Pompadour, Maurice
Quentin de La Tour (1755)
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